
Título original: The restaurant at the end of the
universe
Traducción: Benito Gómez Ibáñez
© 1980 by Douglas Adams and Pan Books, Londres
© 1984 Editorial Anagrama S.A. P. de la Creu 58, Barcelona
Depósito Legal B.19948-1984
Escaneado por Sadrac, Diciembre 1999
A Jane y James, muchas gracias
a Geoffrey Perkins, por lograr lo improbable
a Paddy Kingsland, Lisa Braun y Alick Hale Munro, por ayudarle
a John Lloyd, por su ayuda en el guión original de Milliways
a Simon Brett, por iniciar todo el asunto.
Y muy especialmente, gracias a Jacqui Graham
por su paciencia infinita, afecto y comida en la
adversidad
Hay una teoría que afirma que si alguien descubriera lo que es exactamente el Universo y el por qué de su existencia, desaparecería al instante y sería sustituido por algo aún más extraño e inexplicable.
Hay otra teoría que afirma que eso ya ha ocurrido
Resumen de lo publicado:
Al principio se creó el Universo.
Eso hizo que se enfadara mucha gente, y la mayoría lo consideró un error.
Muchas razas mantienen la creencia de que lo creó alguna especie de dios, aunque los jatravártidos de Viltvodle VI creen que todo el Universo surgió de un estornudo de la nariz de un ser llamado Gran Arklopoplético Verde.
Los jatravártidos, que viven en continuo miedo del momento que llaman «La llegada del gran pañuelo blanco», son pequeñas criaturas de color azul y, como poseen más de cincuenta brazos cada una, constituyen la única raza de la historia que ha intentado el pulverizador desodorante antes que la rueda.
Sin embargo, y prescindiendo de Viltvodle VI, la teoría del Gran Arklopoplético Verde no es generalmente aceptada, y como el Universo es un lugar tan incomprensible, constantemente se están buscando otras explicaciones.
Por ejemplo, una raza de seres hiperinteligentes y pandimensionales construyeron en una ocasión un gigantesco superordenador llamado Pensamiento Profundo para calcular de una vez por todos la Respuesta a la Pregunta Ultima de la Vida, del Universo y de Todo lo demás.
Durante siete millones y medio de años, Pensamiento Profundo ordenó y calculó, y al fin anunció que la respuesta definitiva era Cuarenta y dos; de manera que hubo de construirse otro ordenador, mucho mayor, para averiguar cuál era la pregunta verdadera.
Y tal ordenador, al que se le dio el nombre de Tierra, era tan enorme, que con frecuencia se le tomaba por un planeta, sobre todo por parte de los extraños seres simiescos que vagaban por su superficie, enteramente ignorantes de que no eran más que una parte del gigantesco programa del ordenador.
Cosa muy rara, porque sin esa información tan sencilla y evidente, ninguno de los acontecimientos producidos sobre la Tierra podría tener el más mínimo sentido.
Lamentablemente, sin embargo, poco antes de la lectura de datos, la Tierra fue inesperadamente demolida por los vogones con el fin, según afirmaron, de dar paso a una vía de circunvalación; y de ese modo se perdió para siempre toda esperanza de descubrir el sentido de la vida.
O eso parecía.
Sobrevivieron dos de aquellas criaturas extrañas, semejantes a los monos.
Arthur Dent se escapó en el último momento porque de pronto resultó que un viejo amigo suyo, Ford Prefect, procedía de un planeta pequeño situado en las cercanías de Betelgeuse y no de Guilford, tal como había manifestado hasta entonces; y además, conocía la manera de que le subieran en platillos volantes.
Tricia McMillan, o Trillian, se había fugado del planeta seis meses antes con Zaphod Beeblebrox, por entonces Presidente de la Galaxia.
Dos supervivientes.
Son todo lo que queda del mayor experimento jamás concebido: averiguar la Pregunta Ultima y la Respuesta Ultima de la Vida, del Universo y de Todo lo demás.
Y a menos de setecientos cincuenta mil kilómetros del punto donde su nave espacial deriva perezosamente por la impenetrable negrura del espacio, una nave vogona avanza despacio hacia ellos.
Como todas las naves vogonas, aquélla no parecía responder a un diseño, sino a una súbita coagulación. Los deformes edificios y protuberancias amarillas que sobresalían en ángulos desagradables, habrían desfigurado el aspecto de la mayoría de las naves, pero en este caso era lamentablemente imposible. Se han divisado cosas más feas en el firmamento, pero no por testigos de confianza.
En realidad, para ver algo mucho más feo que una nave vogona, habría que entrar en una y mirar a un vogón. No obstante, eso es precisamente lo que evitaría cualquier ser prudente, porque el vogón común no lo pensará dos veces para hacerle a uno algo tan increíblemente horrible, que se desearía no haber nacido; o, si se es un pensador más clarividente, que el vogón no hubiera nacido.
De hecho, el vogón común ni siquiera lo pensaría una sola vez, probablemente. Son criaturas estúpidas, obstinadas, de mentalidad deformada, y desde luego no tienen disposición para pensar. Un examen anatómico de los vogones revela que en un principio su cerebro era un hígado disóptico, muy amorfo y mal situado. Por tanto, lo mejor que puede decirse en su beneficio es que saben lo que les gusta; eso generalmente entraña el hacer daño a la gente y, siempre que sea posible, enfadarse mucho.
Algo que no les gusta es dejar un trabajo sin acabar, en especial a este vogón, y en particular - por varias razones - este trabajo.
Tal vogón era el capitán Prostetnic Vogon jeltz, del Consejo Galáctico de Planificación Hiperespacial y responsable de los trabajos de demolición del supuesto «planeta» Tierra.
Torció el cuerpo, monumental y abominable, en su asiento estrecho e inadecuado, y miró fijamente a la pantalla del monitor, que no dejaba de proyectar la imagen de la astronave Corazón de Oro.
Poco le importaba que el Corazón de Oro, propulsado por su Energía de la Improbabilidad Infinita, fuese la nave más bella y revolucionaria que jamás se hubiera construido. La estética y la tecnología eran libros cerrados para él y, de estar en sus manos, también serían libros quemados y enterrados.
Aún le importaba menos el que Zaphod Beeblebrox estuviera a bordo. Zaphod Beeblebrox ya era ex Presidente de la Galaxia, y aunque en aquellos momentos todo el cuerpo de la Policía galáctica le estuviera persiguiendo a él y a la nave que había robado, el vogón no tenía el menor interés en ello.
Tenía cosas más importantes que hacer.
Se ha dicho que los vogones no están por encima de los pequeños sobornos y de la corrupción, de la misma manera en que el mar no está por encima de las nubes, y esto resultaba particularmente cierto en el caso de Prostetnic, que cuando oía las palabras «integridad» o «rectitud moral» cogía el diccionario, y cuando oía el tintineo del dinero en grandes cantidades cogía el código legal y lo tiraba a la basura.
Al emprender de manera tan implacable la destrucción de la Tierra y de todo lo relacionado con ella, sobrepasó un poco las atribuciones de su deber profesional. Incluso existían ciertas dudas sobre si se construiría realmente la susodicha vía de circunvalación, pero ese asunto ya ha sido comentado.
Prostetnic soltó un repelente gruñido de satisfacción.
- Ordenador - graznó -, ponme con mi especialista cerebral.
Al cabo de unos segundos, el rostro de Gag Mediotroncho apareció en la pantalla con la sonrisa de aquel que se sabe a diez años luz de la cara del vogón a quien está mirando. En algún punto de la sonrisa había también un destello de ironía. Aunque Prostetnic se refería a él de manera invariable como «mi especialista cerebral particular», no había mucho cerebro que tratar, y en realidad era Mediotroncho quien contrataba al vogón. Le pagaba una enorme cantidad de dinero por realizar un trabajo verdaderamente sucio: Al ser uno de los psiquiatras más destacados y famosos de la Galaxia, Mediotroncho y un grupo de colegas se encontraban bien dispuestos a gastar muchísimo dinero en un momento en que todo el futuro de la psiquiatría podría verse amenazado.
- Bien - dijo -; hola, Prostetnic, mi capitán de los vogones, ¿qué tal nos encontramos hoy?
El capitán vogón le dijo que durante las últimas horas había flagelado a casi la mitad de su tripulación en un ejercicio disciplinario.
La sonrisa de Mediotroncho no tembló ni un instante.
- Bueno - repuso -, me parece que es un comportamiento absolutamente normal para un vogón, ¿sabes? Una canalización natural y saludable de los instintos agresivos en actos de violencia sin sentido.
- Eso es lo que dices siempre - rugió el vogón.
- Pues me sigue pareciendo que, para un psiquiatra, es un comportamiento enteramente normal - contestó Mediotroncho -. Bien. Es evidente que nuestras actitudes mentales están hoy perfectamente sincronizadas. Y dime, ¿qué noticias tienes de la misión?
- Hemos localizado la nave.
- ¡Maravilloso - exclamó Mediotroncho -, estupendo! ¿Y los ocupantes?
- Está el terráqueo.
- ¡Excelente! ¿Y...?
- Una hembra del mismo planeta. Son los únicos.
- Bien, bien - comentó Mediotroncho, rebosante de alegría -. ¿Quién más?
- Ese tal Prefect.
- ¿Sí?
- Y Zaphod Beeblebrox.
La sonrisa de Mediotroncho temblequeo por un instante.
- Ah, sí - dijo -. Ya me lo esperaba. Es muy lamentable.
- ¿Es un amigo personal? - inquirió el vogón, que una vez había oído esa expresión en alguna parte y decidió emplearla.
- Ah, no - replicó Mediotroncho -; ya sabes que en nuestra profesión no tenemos amigos personales.
- ¡Ah! - Gruño el vogón -. Distanciamiento profesional.
- No - dijo alegremente Mediotroncho -, es sólo que no tenemos gancho para eso.
Hizo una pausa. Sus labios continuaron sonriendo, pero sus ojos fruncieron levemente el ceño.
- Pero ya sabes que Beeblebrox es uno de mis clientes más provechosos. Tiene unos problemas de personalidad que superan los sueños de cualquier analista.
Jugueteó un poco con esa idea antes de desechara de mala gana.
- Pero ¿estás preparado para tu tarea? - preguntó.
- Sí.
- Bien. Destruye esa nave inmediatamente.
- ¿Qué hay de Beeblebrox?
- Pues Zaphod no es más que lo que te he dicho, ¿sabes? - dijo Mediotroncho en tono vivaz.
Desapareció de la pantalla.
El capitán vogón pulsó un interruptor que le comunicaba con los restos de su tripulación.
- Al ataque - dijo.
En aquel preciso momento, Zaphod Beeblebrox se encontraba en su cabina maldiciendo a voz en grito. Dos horas antes había anunciado que tomarían un bocado en el Restaurante del Fin del Mundo, a raíz de lo cual había tenido una tumultuosa discusión con el ordenador de la nave y salido como una tromba hacia su cámara gritando que averiguaría los factores de Improbabilidad con lápiz y papel.
La Energía de la Improbabilidad convertía al Corazón de Oro en la nave más potente e imprevisible de todas las existentes. Nada había que no pudiese hacer; con tal de que se conociese exactamente el grado de improbabilidad de lo que se pretendía realizar, tal cosa llegaría a producirse.
Zaphod la había robado cuando, en su calidad de Presidente, le fue encomendada su botadura. No sabía exactamente por qué la había robado; sólo que le gustaba.
Ignoraba por qué se había convertido en Presidente de la Galaxia; sólo que le parecía divertido.
Era consciente de que existían razones de más peso, pero se hallaban ocultas en una sección oscura y cerrada de sus dos cerebros. Beeblebrox deseaba que la sección oscura y cerrada de sus dos cerebros desapareciera, porque a veces emergía de manera momentánea y sacaba a la luz ideas extrañas, curiosos segmentos de su inteligencia que trataban de desviarle de lo que él entendía como la ocupación fundamental de su vida, que consistía en pasárselo maravillosamente bien.
En aquel momento no se lo pasaba maravillosamente bien. Se le habían acabado los lápices y la paciencia y tenía mucha hambre.
- ¡Malditas estrellas! - gritó.
En aquel preciso momento, Ford Prefect se encontraba en el aire. No se trataba de alguna irregularidad en el campo gravitatorio artificial de la nave, sino que bajó de un salto la escalera que conducía a las cabinas particulares de la nave. Había mucha altura para saltarla de un brinco, y aterrizó mal, tropezó, recobró el equilibrio, recorrió el pasillo a toda velocidad, mandando por los aires a un par de diminutos robots de servicio, patinó al doblar la esquina, irrumpió en la cabina de Zaphod y le explicó lo que pensaba.
- Vogones - dijo.
Poco antes, Arthur Dent había salido de su cabina en busca de una taza de té. No se trataba de una búsqueda que emprendiera con mucho optimismo, porque sabía que la única fuente de bebidas calientes de toda la nave era una oscura máquina producida por la Compañía Cibernética Sirius. Ostentaba el nombre de Sintetizador Nutrimático de Bebidas, y Arthur ya la conocía de antes.
Afirmaba producir la más amplia gama posible de bebidas, personalmente ajustadas a los gustos y metabolismo de quien se tomara la molestia de utilizarla. Sin embargo, cuando se la ponía a prueba, siempre facilitaba un vaso de plástico lleno de un líquido que era casi, pero no del todo, enteramente diferente del té.
Trató de razonar con aquella cosa.
- Té - dijo.
- Comparte y Disfruta - replicó la máquina, sirviéndole otro vaso del horrible líquido.
Arthur lo tiró.
- Comparte y Disfruta - repitió la máquina, volviéndole a suministrar otro vaso de lo mismo.
«Comparte y Disfruta» es el lema del departamento de quejas de la Compañía Cibernética Sirius, que en la actualidad ocupa los territorios más importantes de tres planetas de tamaño mediano; es el departamento de la compañía que más éxito tiene y el único que arroja un beneficio apreciable en los últimos años.
El lema se ve, o más bien se veía, en letras luminosas de cuatro kilómetros y medio de altura cerca del puerto espacial del Departamento de Quejas, en Eadrax. Lamentablemente, su peso era tal, que, poco después de que se erigieran, el suelo cedió bajo las letras y casi la mitad de su extensión cayó sobre los despachos de muchos directivos de quejas, jóvenes de talento que fallecieron en el acto.
La mitad superior de las letras que quedaron, parece que dicen en el idioma local: «Date la cabeza contra la pared», y ya no están iluminadas, salvo en ocasiones de conmemoración especial.
Por sexta vez, Arthur tiró un vaso de aquel líquido.
- Escucha, máquina - dijo -; afirmas que puedes sintetizar cualquier bebida que exista, ¿por qué sigues dándome, entonces el mismo brebaje imbebible?
- Datos de nutrición y sentido del gusto - farfulló la máquina -. Comparte y Disfruta.
- ¡Sabe muy mal!
- Si has disfrutado de la experiencia de tomar esta bebida - prosiguió la máquina -, ¿por qué no la compartes con tus amigos?
- Porque quiero conservarlos - replicó Arthur con aspereza -. ¿Quieres tratar de comprender lo que te estoy diciendo?
- Esa bebida...
- Esa bebida - dijo dulcemente la máquina - se ha hecho a medida de tus exigencias personales en cuanto a gustos y nutrición.
- Ya - dijo Arthur -. ¿Es que soy un masoquista a dieta?
- Comparte y Disfruta.
- ¡Cállate ya!
- ¿Es eso todo?
Arthur decidió rendirse.
- Sí - afirmó.
Luego pensó que no abandonaría por nada del mundo.
- No - dijo -. Mira, es muy, muy sencillo... lo único que quiero... es una taza de té. Y me vas a preparar una. Estate callada y escucha.
Se sentó. Le fue hablando a la Nutrimática de la India y de China; le habló de Ceilán. Le habló de unas hojas anchas secadas al sol. Le habló de teteras de plata. Le habló de tardes de verano, tumbado sobre la hierba. Le habló de poner la leche antes de echar el té para que no se escaldara. Y le contó (brevemente) la historia de la Compañía de las Indias Orientales.
- Así que es eso, ¿no? - dijo la Nutrimática cuando Arthur acabó.
- Sí - contestó éste -, eso es lo que quiero.
- ¿Quieres el sabor de hojas secas hervidas en agua?
- Humm..., sí. Con leche.
- ¿Sacada a chorros de una vaca?
- Bueno, supongo que puede decirse así...
- Voy a necesitar que me ayuden un poco - dijo sucintamente la máquina. El alegre parloteo había desaparecido de su voz, que ahora adoptaba un tono profesional.
- Pues si yo puedo servirte en algo... - se ofreció Arthur.
- Tú ya has hecho más que suficiente - le informó la Nutrimática.
Llamó al ordenador de la nave.
- ¡Qué hay! - saludó el ordenador de la nave.
La Nutrimática le explicó lo del té. El ordenador dio un respingo, conectó unos circuitos lógicos con la Nutrimática y ambos cayeron en un silencio siniestro.
Durante un rato, Arthur estuvo atento y esperó, pero no ocurrió nada más.
Dio un puñetazo a la máquina, pero siguió sin pasar nada.
Por fin abandonó y subió al puente dando un paseo.
El Corazón de Oro pendía inmóvil en la vacía desolación del espacio.
La Galaxia enviaba el brillo de un billón de alfilerazos en torno a la nave. Hacia ella avanzaba despacio el desagradable bulto amarillo de la nave vogona.
- ¿Tiene alguien una tetera? - preguntó Arthur, que nada más entrar en el puente empezó a preguntarse por qué gritaba Trillian al ordenador para que le contestase, por qué Ford le daba puñetazos y Zaphod patadas, y también por qué había un repugnante bulto amarillo en la pantalla.
Dejó el vaso vacío que llevaba y se acercó a ellos.
- ¿Eh? - preguntó,
En aquel momento, Zaphod se arrojó sobre las pulidas superficies de mármol que contenían los instrumentos de mando de la energía fotónica convencional. Se materializaron bajo sus manos y empezó a manipularlos. Empujó, tiró, presionó y se puso a maldecir. La energía fotónica dejó escapar un lánguido chirrido y volvió a desconectarse.
- ¿Pasa algo? - preguntó Arthur.
- Vaya, ¿habéis oído eso? - musitó Zaphod dando un salto hacia los controles manuales de la Energía de la Improbabilidad Infinita -. ¡El mono ha hablado!
La Energía de la Improbabilidad emitió dos quejidos débiles y también se desconectó.
- Eso es pura historia, hombre - dijo Zaphod, dando una patada a la Energía de la Improbabilidad -. ¡Un mono que habla!
- Si estás preocupado por algo... - dijo Arthur.
- ¡Vogones! - saltó Ford -. ¡Nos están atacando!
- ¿Y qué estás haciendo? ¡Vámonos de aquí! - dijo Arthur tras balbucear un poco.
- No podemos. El ordenador está atascado.
- ¿Atascado?
- Dice que tiene todos los circuitos ocupados. No hay energía en ningún sitio de la nave.
Ford se apartó de la terminal del ordenador, se secó la frente con la manga y apoyó la espalda contra la pared.
- No podemos hacer nada - dijo. Miró ferozmente a ningún sitio en particular y se mordió el labio.
De pequeño, cuando iba al colegio, mucho antes de la demolición de la Tierra, Arthur jugaba al fútbol. No era muy bueno, y su especialidad consistía en marcar goles en su propia meta en los partidos importantes. Siempre que ocurría eso, solía experimentar un extraño cosquilleo en el cogote que le subía por las mejillas y le calentaba la frente. En aquel momento, la imagen del barro, de la hierba y de montones de chicos burlones que se reían de él emergió vívidamente a su conciencia.
Un extraño cosquilleo en el cogote le subía por las mejillas y le calentaba la frente.
Empezó a hablar y se detuvo.
Empezó a hablar de nuevo y volvió a detenerse.
Al fin logró articular una palabra.
- Humm - dijo. Se aclaró la garganta -. Decidme - prosiguió con voz tan nerviosa que los demás se volvieron a mirarlo. Dirigió la vista a la pantalla: se acercaba un bulto amarillo -. Decidme - repitió -, ¿ha dicho el ordenador en qué está ocupado? Lo pregunto sólo por curiosidad...
Los ojos de los demás estaban clavados en él.
- Y, humm..., pues eso es todo. sólo lo preguntaba.
Zaphod alargó una mano y agarró a Arthur por el cogote.
- ¿Qué le has hecho, hombre mono? - jadeó.
- Pues nada, de verdad - dijo Arthur -. Sólo que me parece que hace poco trataba de averiguar cómo...
- ¿Sí?
- Hacerme un poco de té.
- Eso es, chicos - saltó el ordenador con voz cantarina -. En estos momentos estoy trabajando en ese problema, ¡y vaya si es difícil! Estaré con vosotros dentro de un rato.
Volvió a sumirse en un silencio tan intenso que sólo tenía parangón con el de las tres personas que miraban fijamente a Arthur Dent.
Como para aliviar la tensión, los vogones escogieron aquel momento para iniciar el fuego.
La nave se estremeció; se produjo un ruido atronador. El escudo protector de la parte exterior, de veintitrés milímetros de espesor, burbujeó, se agrietó y escupió ante la andanada de doce cañones Fotrazón Matafijo Megadaño-30, y pareció que no iba a durar mucho. Ford Prefect le dio cuatro minutos.
- Tres minutos y cincuenta segundos - dijo poco después -. Cuarenta y cinco segundos - anunció en el momento adecuado. Dio unos golpecitos ociosos a algunos interruptores inútiles y dirigió a Arthur una mirada de pocos amigos -. Vamos a morir por una taza de té, ¿eh? - le dijo -. Tres minutos y cuarenta segundos.
- ¡Deja ya de contar! - rezongó Zaphod.
- Sí - repuso Ford Prefect -, dentro de tres minutos y treinta y cinco segundos.
A bordo de la nave vogona, Prostetnic Vogon jeltz estaba perplejo. Esperaba una persecución, una emocionante lucha cuerpo a cuerpo con rayos tractores, ansiaba utilizar el Asertitrón de Normalidad Subcíclica, especialmente instalado para contrarrestar la Energía de la Improbabilidad Infinita del Corazón de Oro; pero el Asertitrón de Normalidad Subcíclica permanecía ocioso, porque el Corazón de Oro continuaba inmóvil encajando los disparos.
Una docena de cañones Fotrazón Matafijo Megadaño-30 siguieron disparando al Corazón de Oro, que continuaba inmóvil encajando el fuego.
Prostetnic comprobó todos los sensores que tenía al alcance para ver si se trataba de algún truco sutil, pero no encontró ninguno.
Desde luego, no sabía nada de lo del té.
Y también ignoraba cómo los ocupantes del Corazón de Oro estaban pasando los últimos tres minutos y treinta segundos que les quedaban de vida.
Y cómo se le ocurrió exactamente a Zaphod Beeblebrox la idea de celebrar una sesión espiritista en aquel momento, es algo que nunca estuvo claro para él.
Era evidente que el tema de la muerte estaba en el aire, pero más como algo a evitar que para insistir en ello.
Posiblemente, el horror que Zaphod experimentaba ante a perspectiva de reunirse con sus parientes fallecidos le dio la idea de que ellos podrían albergar el mismo sentimiento respecto a él, y que, además, tal vez fueran capaces de hacer algo que contribuyera a posponer tal reunión.
O tal vez se debiera a otro de esos impulsos extraños que de cuando en cuando emergían de aquella zona oscura de su cerebro que se le había cerrado de manera inexplicable antes de convertirse en Presidente de la Galaxia.
- ¿Quieres hablar con tu bisabuelo? - preguntó Ford, sobrecogido.
- Sí.
- ¿Y tiene que ser ahora?
La nave siguió estremeciéndose y resonando con estruendo. La temperatura aumentaba. La luz se debilitaba; toda la energía que el ordenador no precisaba para pensar en el té era bombeada al escudo protector, que desaparecía rápidamente.
- ¡Sí! - insistió Zaphod -. Escucha, Ford, creo que podrá ayudarnos.
- ¿Estás seguro de que quieres decir creo? Escoge las palabras con cuidado.
- ¿Sugieres otra cosa que podamos hacer?
- Humm, Pues...
- Muy bien, coloquémonos en torno a la consola central. Ya. ¡Vamos! Trillian, hombre mono, moveos.
Se apiñaron alrededor de la consola central, se sentaron y, con la sensación de ser unos estúpidos fenomenales, se cogieron de la mano. Con su tercer brazo, Zaphod apagó las luces.
La oscuridad se apoderó de la nave.
Afuera, el rugido estrepitoso de los cañones Matafijo continuó desgarrando el escudo protector.
- Concentraos en su nombre - siseó Zaphod.
- ¿Cuál es? - preguntó Arthur.
- Zaphod Beeblebrox Cuarto.
- ¿Cómo?
- Zaphod Beeblebrox Cuarto. ¡Concentraos!
- ¿Cuarto?
- Sí. Escucha, yo soy Zaphod Beeblebrox, mi padre era Zaphod Beeblebrox Segundo, mi abuelo Zaphod Beeblebrox Tercero...
- ¿Cómo?
- Ocurrió un accidente con un contraceptivo y una máquina del tiempo. ¡Concentraos ya!
- Tres minutos - anunció Ford Prefect.
- ¿Por qué hacemos esto? - preguntó Arthur Dent.
- Cierra el pico - le sugirió Zaphod Beeblebrox.
Trillian no dijo nada. ¿Qué había que decir?, pensó. La única luz que había en el puente procedía de dos tenues triángulos rojos en un rincón donde Marvin, el Androide Paranoide, se sentaba hecho un ovillo, ignorando a todos e ignorado por todos, en su mundo particular y bastante desagradable.
En torno a la consola central, cuatro figuras se encorvaban en profunda concentración tratando de borrar de sus mentes los terroríficos estremecimientos de la nave y el horrísono rugido que repercutía en su interior.
Se concentraron.
Siguieron concentrándose.
Y continuaron concentrándose.
Los segundos pasaban.
De las cejas de Zaphod brotaron gotas de sudor; primero de la concentración, luego de frustración y por último de desconcierto.
Al fin dejó escapar un grito de rabia, separó las manos de Trillian y de Ford, y apretó el interruptor de la luz.
- Ah empezaba a pensar que nunca encenderíais las luces - dijo una voz -. No, no tan fuerte, por favor; mis ojos ya no son lo que eran.
Cuatro figuras se enderezaron súbitamente en sus asientos. Poco a poco, volvieron la cabeza para mirar, aunque sus cráneos manifestaban una tendencia clara a quedarse en el mismo sitio.
- Bueno, ¿quién es el que me molesta esta vez? - dijo la figura pequeña, encorvada, baja y flaca que se destacaba junto a las ramas de helecho al otro extremo del puente. Sus dos pequeñas cabezas de cabellos espigados parecían tan ancianas que bien podrían albergar vagos recuerdos del nacimiento de las galaxias. Una colgaba dormida; la otra los miraba con ojos entrecerrados. Si sus ojos ya no eran lo que fueron, antaño debieron servir para tallar diamantes.
Zaphod tartamudeó nervioso durante un momento. Realizó una complicada reverencia doble: el tradicional gesto de respeto familiar que es costumbre en Betelgeuse.
- Ah..., humm..., hola, bisabuelito... - susurró.
La pequeña y anciana figura se acercó a ellos. Atisbó entre la débil luz. Alargó un dedo huesudo y señaló a su bisnieto.
- ¡Ah! - exclamó -. Zaphod Beeblebrox. El último de nuestra gran dinastía. Zaphod Beeblebrox Cero.
- Primero.
- Primero - repitió con desprecio el aparecido. Zaphod odiaba su voz. Siempre le parecía como uñas que chirriaran por la pizarra de lo que él creía su alma.
Se removió incómodo en el asiento.
- Humm... sí - musitó -. Mira, siento mucho lo de las flores, tenía intención de enviarlas, pero es que la tienda acababa de quedarse sin coronas y...
- ¡Se te olvidaron! - saltó Zaphod Beeblebrox Cuarto.
- Pues...
- Estás demasiado ocupado. Nunca piensas en los demás. Todos los vivos son iguales.
- Dos minutos, Zaphod - anunció Ford con un murmullo temeroso.
Zaphod se removía nervioso.
- Sí, pero tenía intención de enviarlas - dijo -. Y en cuanto salgamos de esto, escribiré a mi bisabuela...
- Tu bisabuela - repitió en tono meditativo el flaco y pequeño fantasma.
- Sí - dijo Zaphod -. Humm... ¿cómo está? Te diré una cosa; voy a ir a verla. Pero primero tenemos que...
- Tu difunta bisabuela y yo estamos muy bien - dijo con voz áspera Zaphod Beeblebrox Cuarto.
- ¡Ah! ¡Oh!
- Pero muy disgustados contigo, joven Zaphod...
- Sí, bueno... - Zaphod se sentía extrañamente incapaz de llevar la conversación, y por el sonoro jadeo de Ford supo que los segundos pasaban de prisa. El estruendo y los estremecimientos habían alcanzado proporciones terroríficas. Entre la penumbra vio los pálidos e impávidos rostros de Trillian y de Arthur.
- Humm, bisabuelo...
- Hemos seguido tu carrera con considerable abatimiento...
- Sí, mira, justo en este momento, ¿comprendes...?
- ¡Por no decir desdén!
- ¿Puedes escucharme un momento...?
- Lo que quiero decir es: ¿qué estás haciendo exactamente con tu vida?
- ¡Me está atacando una flota vogona! - gritó Zaphod. Era una exageración, pero se trataba de su única oportunidad de exponer el punto fundamental de la sesión.
- No me sorprende en lo más mínimo - dijo el pequeño y anciano espíritu, encogiéndose de hombros.
- Sólo que está pasando ahora mismo, ¿sabes? - insistió Zaphod en tono febril.
El espectro de su antepasado asintió con la cabeza, cogió el vaso que había llevado Arthur Dent y lo miró con interés.
- Humm..., bisabuelo...
- ¿Sabías - le interrumpió la fantasmal figura, lanzándole una mirada implacable - que Betelgeuse Cinco ha incurrido en una leve excentricidad en su órbita?
No, Zaphod no lo sabía y encontró algo difícil concentrarse en tal información debido a todo el ruido, a la inminencia de la muerte, etcétera.
- Pues no..., mira... - dijo.
- ¡Y yo revolviéndome en mi tumba! - gritó el ancestro. Tiró violentamente el vaso y señaló a Zaphod con un dedo tembloroso, largo y transparente,
- ¡Por tu culpa! - chilló.
- Un minuto y treinta segundos - murmuró Ford con la cabeza entre las manos.
- Sí, mira, bisabuelito, ¿puedes ayudarnos ahora? Porque...
- ¿Ayudaros? - repitió el anciano, como si le hubieran pedido un armiño de cola negra.
- Sí, ayudarnos y todo eso; ahora mismo, porque si no...
- ¡Ayudaros! - exclamó el anciano, como si le hubieran pedido un armiño de cola negra a la plancha, poco hecho, con patatas fritas y en bocadillo. Siguió en la misma postura, perplejo -. Vas por toda la Galaxia fanfarroneando con tus... - el ancestro hizo un gesto de desdén con la mano -, con tus vergonzantes amigos, demasiado ocupado para poner flores en mi tumba. Unas de plástico habrían servido, hubieran sido muy apropiadas viniendo de ti; pero no. Demasiado ocupado. Demasiado moderno. Demasiado escéptico..., hasta que de repente te ves en un pequeño apuro y te vuelves muy teósofo.
Meneó la cabeza; con cuidado, para no molestar el reposo de la otra, que ya daba muestras de inquietud.
- Pues no sé, joven Zaphod - prosiguió -. Creo que tendré que pensarlo un poco.
- Un minuto y diez segundos - anunció Ford con voz apagada.
Zaphod Beeblebrox Cuarto lo miró con curiosidad.
- ¿Por qué sigue diciendo números ese hombre? - preguntó.
- Esos números - contestó Zaphod con brevedad - indican el tiempo que nos queda de vida.
- Ah - dijo su bisabuelo, gruñendo para sus adentros -. Eso no es aplicable en mi caso, desde luego.
Se desplazó a un lugar más oscuro del puente para seguir fisgoneando.
Zaphod sintió que se tambaleaba al borde de la locura y se preguntó si no debería dejarse caer y terminar de una vez por todas.
- Bisabuelo - dijo -. ¡Es aplicable a nuestro caso! Estamos vivos y a punto de perder la vida.
- Me parece muy bien.
- ¿Cómo?
¿Qué utilidad tiene tu vida para nadie? Cuando pienso lo que has hecho con ella, la frase «vivir como un puerco» me viene a la cabeza de manera irresistible.
- ¡Pero hombre, he sido Presidente de la Galaxia!
- iJa! - murmuró su antepasado -. ¿Y qué clase de trabajo es ése para un Beeblebrox?
- ¡Eh, cómo! ¡Nada menos que Presidente, sabes! ¡De toda la Galaxia!
- ¡Valiente megafatuo!
Zaphod entornó los ojos, perplejo.
- Oye, humm..., ¿qué te propones, tío? Digo, abuelo.
La pequeña figura encorvada se acercó despacio a su bisnieto y le dio unos golpecitos fuertes en la rodilla. Eso tuvo la virtud de recordar a Zaphod que estaba hablando con un fantasma, porque no sintió nada en absoluto.
- Sabes tan bien como yo lo que significa ser Presidente, joven Zaphod. Tú lo sabes porque lo has sido, y yo lo sé porque estoy muerto, y eso le da a uno una perspectiva maravillosamente clara. Allá arriba tenemos un dicho: «La vida se desperdicia con los vivos.»
- Sí - dijo Zaphod con amargura -, muy bien. Muy profundo. En estos momentos necesito aforismos tanto como agujeros en las cabezas.
- Cincuenta segundos - gruñó Ford Prefect.
- ¿Dónde estaba? - dijo Zaphod Beeblebrox Cuarto.
- Pontificando - dijo Zaphod Beeblebrox.
- Ah, sí.
- ¿Puede ayudarnos realmente este individuo? - le preguntó Ford en voz baja a Zaphod.
- Nadie más puede hacerlo - musitó Zaphod.
Ford asintió con la cabeza, abatido.
- ¡Zaphod! - exclamó el espectro -. Te convertiste en Presidente por una razón. ¿Lo has olvidado?
- ¿No podemos hablar de eso más tarde?
- Lo has olvidado! - insistió el fantasma.
- ¡Sí! ¡Claro que lo he olvidado! Tenía que hacerlo. ¿Sabes que te miran el cerebro por una pantalla cuando te dan el trabajo? Si me hubieran encontrado la cabeza llena de ideas juguetonas, me habrían mandado otra vez a la calle sin otra cosa que una pensión abundante, secretarios, una flota de naves y un par de cortadores de cabezas.
- ¡Ah! - asintió contento el fantasma -. ¡Entonces, te acuerdas!
Hizo una pausa breve.
- Bien - añadió, y el ruido cesó.
- Cuarenta y ocho segundos - dijo Ford. Volvió a mirar al reloj y le dio unos golpecitos. Levantó la vista -. Oye, el ruido se ha parado - dijo.
Un destello malévolo brilló en los severos ojillos del espectro.
- He detenido un poco el tiempo - anunció -; sólo por un momento, ¿entendéis? Detestaría que os perdierais todo lo que tengo que decir.
- ¡No, escúchame tú a mí, viejo murciélago transparente! - exclamó Zaphod, levantándose de un salto -. A): gracias por parar el tiempo y todo eso, magnífico, estupendo, maravilloso; B): nada de gracias por el sermón, ¿vale? No sé qué es eso tan grandioso que tengo que hacer, y me parece que no tengo que saberlo. Y eso no me gusta nada, ¿entendido?
»Mi antigua personalidad lo sabía. A mi antigua personalidad le gustaba. Muy bien; hasta ahora, de perlas. Pero a mi antigua personalidad le gustaba tanto, que llegó a meterse en su propio cerebro, o sea, en mi cerebro, y bloqueó las cosas que conocía y que le gustaban, porque si yo las sabía y me gustaban, no sería capaz de realizarlas. No habría sido Presidente y no habría podido robar esta nave, que debe ser lo más importante.
»Pero mi antigua personalidad se suicidó al modificarme el cerebro, ¿no es cierto? Vale, ésa fue su decisión. Mi nueva personalidad tiene que tomar sus propias decisiones, y por una coincidencia extraña, tales decisiones llevan aparejado el que yo no conozca y no me preocupe de este numerazo, sea lo que sea. Eso es lo que quería, y eso es lo que he conseguido.
»Salvo que mi antigua personalidad trató de seguir teniendo la voz cantante, dejándome órdenes en el trozo de mi cerebro que después cerró. Bueno, pues no quiero conocerlas ni quiero oírlas. Esa es mi decisión. No voy a ser la marioneta de nadie, mucho menos, de mí mismo.
Zaphod golpeó la consola con furia, ignorante de las miradas perplejas que atraía.
- ¡Mi antigua personalidad ha muerto! - bramó -. ¡Se ha suicidado! ¡Y los muertos no deberían andar por ahí molestando a los vivos!
- Pero tú me llamas para que te ayude a salir de un lío - dijo el espectro.
- ¡Ah! - dijo Zaphod, volviéndose a sentar -. Pero eso es diferente, ¿no?
Sonrió a Trillian, débilmente.
- Zaphod - dijo con voz áspera la aparición -, creo que la única razón por la que gasto saliva contigo es que, como estoy muerto, no tengo otra manera de emplearla.
- Vale - repuso Zaphod -. ¿Por qué no me dices cuál es el gran secreto? Ten confianza en mí.
- Zaphod, cuando eras Presidente de la Galaxia sabías, igual que Yooden Vranx antes que tú, que el Presidente no es nada. Un número. Entre las sombras hay otro hombre, un ser, algo, que detenta el poder último. Debes encontrar al hombre, ser o algo... que rige esta Galaxia y, según sospechamos, otras más. Posiblemente, todo el Universo.
- ¿Por qué?
- ¡Por qué! - exclamó sorprendido el espectro -. ¿Por qué? Mira a tu alrededor, muchacho, ¿te parece que el mundo está en muy buenas manos?
- No está mal.
El viejo fantasma le lanzó una mirada colérica.
- No voy a discutir contigo. Te limitarás a llevar la nave, esta nave con Energía de la Improbabilidad, a donde sea necesario. Lo harás. No pienses que puedes escapar a tu destino. El Campo de la Improbabilidad te domina, estás en sus garras. ¿Qué es esto?
El fantasma estaba dando golpecitos a una de las terminales de Eddie, el ordenador de a bordo. Zaphod se lo explicó.
- ¿Qué está haciendo?
- Intenta hacer té - dijo Zaphod con maravillosa moderación.
- Bien, me gusta eso - dijo su bisabuelo que, volviéndose y amonestándole con el dedo, añadió -: Pero no estoy seguro de que seas capaz de tener éxito en tu tarea, Zaphod. Creo que no podrás evitarlo. Sin embargo, estoy muy cansado y llevo mucho tiempo muerto para preocuparme tanto como antes. La razón principal por la que te ayudo ahora es que no podía soportar la idea de que tú y tus actuales amigos anduvierais haraganeando por aquí. ¿Entendido?
- Sí, un montón de gracias.
- Otra cosa, Zaphod.
- Humm..., ¿sí?
- Si alguna vez vuelves a necesitar ayuda...; ya sabes, si te encuentras en un apuro, o necesitas que te echen una mano en una situación difícil...
- ¿Sí?
- No dudes en perderte, por favor.
Por espacio de un segundo, de las manos secas del viejo fantasma brotó un relámpago hacia el ordenador; el espectro desapareció, el puente se llenó de volutas de humo y el Corazón de Oro dio un salto de longitud desconocida entre las dimensiones del tiempo y del espacio.
A diez años luz de distancia, Gag Mediotroncho aumentó la sonrisa en varios grados. Mientras contemplaba la imagen en su pantalla, transmitida mediante el sub-éter desde el puente de la nave vogona, vio cómo se desprendían las últimas capas del escudo protector del Corazón de Oro mientras la nave misma desaparecía en un soplo de humo.
Bien, pensó.
Aquel era el fin de los últimos supervivientes perdidos de la demolición del planeta Tierra, ordenada por él, pensó.
El fin de aquel experimento peligroso (para la profesión de la psiquiatría) y subversivo (también para la profesión de la psiquiatría) que pretendía averiguar la Pregunta de la Cuestión Última de la Vida, del Universo y de Todo lo demás, pensó.
Aquella noche tenía que celebrarlo con sus compañeros, y por la mañana volverían a recibir a sus pacientes infelices, perplejos y altamente rentables, con la plena seguridad de que el Sentido de la Vida quedaba soslayado para siempre, pensó.
- La familia siempre es algo molesta, ¿no es cierto? - dijo Ford a Zaphod cuando el humo empezó a clarear. Hizo una pausa y miró en torno suyo -. ¿Dónde está Zaphod? - preguntó.
Arthur y Trillian miraron alrededor con los ojos en blanco. Estaban pálidos, temblaban y no sabían dónde estaba Zaphod.
- ¿Dónde está Zaphod, Marvin? - preguntó Ford. Un momento después añadió: - ¿Dónde está Marvin?
El rincón del robot estaba vacío.
La nave se encontraba en completo silencio. Pendía en la densa negrura del espacio. De vez en cuando se balanceaba y estremecía. Todos los instrumentos estaban desconectados; todas las pantallas, apagadas. Consultaron al ordenador, que dijo:
- Lamento hallarme temporalmente cerrado a toda comunicación. Mientras, ahí va un poco de música ligera.
Apagaron la música ligera.
Registraron todos los rincones de la nave con alarma y perplejidad crecientes. Todo estaba apagado y silencioso. En ninguna parte había rastro de Zaphod o de Marvin.
Una de las últimas zonas que registraron fue el pequeño espacio donde se encontraba la Nutrimática.
En la rampa de salida del Sintetizador Nutrimático de Bebidas había una bandeja pequeña que sostenía tres tazas de porcelana fina con sus platillos, una jarra de leche también de porcelana, una tetera de plata llena del mejor té que Arthur hubiera probado jamás, y una pequeña nota impresa que decía: «Esperad.»
Algunos dicen que Osa Menor Beta es uno de los lugares más sorprendentes del Universo conocido.
Aunque es extraordinariamente rico, tiene un clima tremendamente cálido y está más lleno de gente interesante y maravillosa que pipas tiene una granada, no puede menos de notarse el hecho de que cuando un número reciente de la revista Playbeing publicó un artículo titulado: «Si está cansado de Osa Menor Beta, es que está harto de la vida», el índice de suicidios se cuadruplicó de la noche a la mañana.
No es que haya noche en Osa Menor Beta.
Es un planeta de la zona occidental que por una rareza topográfica, inexplicable y un tanto dudosa, consiste casi por entero en una costa subtropical. Por una extravagancia igualmente sospechosa de la relastática temporal, casi siempre es sábado por la tarde justo antes de que cierren los bares de la playa.
Ninguna explicación adecuada de este hecho han presentado las formas de vida dominantes en Osa Menor Beta, que pasan la mayor parte del tiempo tratando de alcanzar la iluminación espiritual mediante carreras alrededor de las piscinas e invitaciones a investigadores del Consejo de Control Geotemporal de la Galaxia para que «experimenten una estupenda anomalía diurna».
En Osa Menor Beta sólo hay una ciudad, y se la considera ciudad porque hay más piscinas que en cualquier otra parte.
Si uno va a la Ciudad Luz volando - y no existe otra manera porque no hay carreteras ni instalaciones portuarias, y si uno no llega volando no quieren ni verlo por la Ciudad Luz -, comprenderá por qué se llama así. Brilla el sol más que en cualquier otra parte, centellea en las piscinas, resplandece en los blancos bulevares bordeados de palmeras, reluce sobre las manchitas tostadas que pasean por ellos de un lado para otro, y dora las villas, las acolchadas nubes, los bares de la playa, etcétera.
Y brilla de modo especial sobre un edificio, una construcción elevada y bella consistente en dos torres blancas de treinta pisos, comunicadas entre sí por un puente a media altura.
El edificio es el domicilio de un libro, y se construyó en tal lugar por causa de un extraordinario juicio acerca de los derechos de publicación entablado entre los editores del libro y una compañía de cereales para el desayuno.
Se trata de una guía, de un libro de viajes.
Es uno de los libros más notables, y sin duda el de más éxito, que salieron de las grandes compañías editoras de la Osa Menor; más famoso que La vida empieza a los ciento cincuenta años, más vendido que la Teoría de la gran explosión y que Mi opinión personal de Excéntrica Gallumbits (la puta de tres tetas de Eroticón Seis), y más polémico que el último e impresionante título de Oolon Colluphid Todo lo que jamás quiso saber sobre la sexualidad pero se ha visto obligado a descubrir.
(Y en muchas de las civilizaciones más tranquilas del Anillo Exterior de la Galaxia Oriental hace mucho que ha sustituido a la gran Enciclopedia Galáctica como el depósito reconocido de todos los conocimientos y de toda la sabiduría, porque si peca de muchas omisiones y contiene muchos datos de autenticidad dudosa, o al menos groseramente incorrectos, supera a la obra anterior, y más prosaica, en dos aspectos importantes. En primer lugar, es algo más barata, y después tiene en la portada las palabras NO SE ASUSTE impresas con letras grandes y agradables.)
Se trata, por supuesto, de ese compañero inestimable de todos aquellos que quieren ver las maravillas del Universo conocido por menos de treinta dólares altairianos al día: la Guía del autoestopista galáctico.
Si uno se coloca de espaldas al vestíbulo de la entrada principal de las oficinas de la Guía (en el supuesto de que ya haya aterrizado y se haya refrescado con un baño rápido y una ducha) y luego camina hacia el Este, pasará por la sombra frondosa del Bulevar de la Vida, se sorprenderá del pálido color dorado de las playas que se extienden a la izquierda, se asombrará de los patinadores mentales que flotan con indiferencia a sesenta centímetros por encima del agua como si no fuese nada especial, se extrañará y quizá se irritará un poco ante las palmeras gigantes que tararean melodías discordantes durante las horas diurnas, es decir, de manera continua.
Sí después camina uno hasta el final del Bulevar de la Vida, entrará en el distrito comercial de Lalamatine, con nogales y terrazas de cafés a donde van a descansar los ombetanos tras una dura tarde de relajación en la playa. El distrito de Lalamatine es una de las pocas zonas que no gozan de un eterno sábado por la tarde; en cambio, disfruta del fresco perpetuo de las tempranas horas de la noche del sábado. Detrás de él están los clubs nocturnos.
Sí en este día en concreto, o tarde, o primeras horas de la noche, llámese como se quiera, uno se acerca a la terraza del segundo café a la derecha, verá a la multitud habitual de ombetanos charlando y bebiendo, con aspecto de estar muy relajados, y mirando con naturalidad a los relojes de los demás para comprobar lo caros que son.
También verá a un par de autoestopistas muy desaliñados que acaban de llegar de Algol a bordo de un megavión arturiano donde han pasado calamidades durante unos días. Se han asombrado y enfadado al descubrir que allí, a la vista del mismísimo edificio de la Guía del autoestopista galáctico, un simple vaso de zumo de frutas cuesta el equivalente de más de sesenta dólares altairianos.
- Traición - dice amargamente uno de ellos.
Si en ese momento mira uno a la segunda mesa que está junto a ellos, verá sentado a ella a Zaphod Beeblebrox con aspecto muy perplejo y confundido.
La razón de tal confusión es que cinco segundos antes se encontraba sentado en el puente de la nave espacial Corazón de Oro.
- Una absoluta traición - repitió la voz.
Zaphod miró nerviosamente con el rabillo del ojo a los dos autoestopistas sentados a la mesa de al lado. ¿Donde demonios se encontraba? ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Dónde estaba su nave? Tanteó con la mano el brazo de la silla en que se sentaba y luego la mesa que tenía delante. Parecían bastante sólidas. Estaba muy erguido en su asiento.
- ¿Cómo pueden sentarse a escribir una guía para autoestopistas en un sitio como éste? - prosiguió la voz -. Pero míralo. ¡Fíjate!
Zaphod lo estaba mirando. Bonito lugar, pensó. Pero ¿dónde? ¿Y por qué?
Buscó en el bolsillo sus dos pares de gafas de sol. En el mismo bolsillo encontró un trozo de metal pulido, duro y muy pesado que no pudo identificar. Lo sacó y lo miró. La sorpresa le hizo guiñar los ojos. ¿De dónde lo había sacado? Volvió a guardárselo y se puso las gafas; le molestó descubrir que el objeto de metal había arañado uno de los cristales. Sin embargo, se sintió mucho más cómodo con ellas puestas. Eran dos pares de Gafas de Sol sensibles al Peligro joo janta Supercromáticas 200, especialmente pensadas para que los usuarios adoptaran una actitud tranquila ante el peligro. Al primer indicio de apuro se volvían completamente negras y de ese modo evitaban que el portador viera algo que pudiese alarmarle.
Aparte del arañazo, las gafas estaban claras. Se tranquilizó, pero sólo un poco.
El autoestopista enfadado siguió mirando fijamente a su zumo de frutas monstruosamente caro.
- Lo peor que le ha pasado nunca a la Guía ha sido mudarse a Osa Menor Beta - rezongó -; se han vuelto bobos. ¿Sabes una cosa? Me han dicho que han creado un Universo sintético por vía electrónica en uno de los despachos, de manera que puedan investigar sus cosas durante el día y asistir a fiestas por la noche. Aunque el día y la noche no significan mucho en este sitio.
Osa Menor Beta, pensó Zaphod. Al menos ya sabía dónde estaba. Supuso que se trataba de alguna ocurrencia de su bisabuelo, pero ¿por qué?
Muy a su pesar, una idea le vino a la cabeza. Era muy clara y evidente, y ya alcanzaba a reconocer la esencia de tales ideas. Se resistía a ellas por instinto. Se trataba de los impulsos prescritos en las partes oscuras y cerradas de su mente.
Permaneció inmóvil erguido en la silla, e ignoró furiosamente tal idea. Le importunó. La ignoró. Le importunó. La ignoró. Le importunó. Se rindió.
Qué demonios, pensó, déjate llevar. Estaba demasiado cansado, confuso y hambriento para resistir. Ni siquiera sabía lo que significaba aquel pensamiento.
- ¿Dígame? ¿Sí? Ediciones Megadodo, domicilio de la Guía del autoestopista galáctico, el libro más absolutamente notable de todo el Universo conocido, ¿puedo servirle en algo? - dijo el voluminoso insecto de alas rosadas por uno de los setenta teléfonos instalados a lo largo de la vasta extensión del cromado mostrador de recepción del vestíbulo de las oficinas de la Guía del autoestopista galáctico. Agitó las alas y volvió los ojos. Lanzó una mirada feroz a las mugrientas personas que se apiñaban en el vestíbulo, ensuciando las alfombras y manchando la tapicería con las manos. El insecto adoraba trabajar para la Guía del autoestopista galáctico, y sólo deseaba que hubiera algún medio de mantener alejados a los autoestopistas. ¿No tenían que estar rondando por sucios puertos espaciales o algo así? Estaba seguro de que en alguna parte del libro había leído algo acerca de la importancia de vagar por sucios puertos espaciales. Por desgracia, parecía que la mayoría iba a zascandilear por aquel bonito vestíbulo, limpio y reluciente, inmediatamente después de rondar por puertos espaciales sumamente sucios. Y lo único que hacían era quejarse. Sintió un escalofrío en las alas.
- ¿Cómo? - dijo por el teléfono -. Sí, le he comunicado su recado a mister Zarniwoop, pero me temo que está demasiado ocupado para verle en seguida. Está haciendo un crucero intergaláctico.
Hizo un gesto petulante con un tentáculo a una de aquellas personas mugrientas que trataban airadamente de llamar su atención. El gesto petulante del tentáculo dirigió a la persona enfadada a consultar el aviso que había en la pared de la izquierda, advirtiéndole que no interrumpiera una importante llamada telefónica.
- Sí - dijo el insecto -, está en su despacho, pero está haciendo un crucero intergaláctico. Muchas gracias por llamar.
Colgó bruscamente.
- Lea el aviso - dijo al enfadado visitante que trataba de quejarse de uno de los errores más absurdos y peligrosos contenidos en el libro.
La Guía del autoestopista galáctico es un compañero indispensable para todos aquellos que se sientan inclinados a encontrar un sentido a la vida en un Universo infinitamente confuso y complejo, porque si bien no espera ser útil o instructiva en todos los aspectos, al menos sostiene de manera tranquilizadora que si hay una inexactitud, se trata de un error definitivo. En casos de discrepancias importantes, siempre es la realidad quien se equivoca.
Esa era la esencia del aviso. Decía: «La Guía es definitiva. La realidad es con frecuencia errónea.»
Eso había traído unas consecuencias interesantes. Por ejemplo, cuando se entabló juicio contra los editores de la Guía por las familias de aquellos que habían muerto como resultado de considerar en sentido literal el artículo sobre el planeta Traal (que decía: «Las Voraces Bestias Bugblatter suelen preparar una comida buenísima para los turistas visitantes», en vez de decir: «Las Voraces Bestias Bugblatter suelen preparar una comida buenísima con los turistas visitantes»), los editores sostuvieron que la primera versión de la frase era más agradable desde el punto de vista estético, convocando a un poeta capacitado para que diera testimonio bajo juramento de que la belleza era verdad, evidencia perfecta, con intención de demostrar, por consiguiente, que el culpable en este caso era la Vida misma por no ser ni bella ni verdadera. Los jueces se pusieron de acuerdo y en un discurso emocionante concluyeron que la Vida misma había cometido desacato al tribunal y se la confiscaron a todos los presentes antes de ir a disfrutar de una agradable tarde de golf.
Zaphod Beeblebrox entró en el vestíbulo. A grandes zancadas se dirigió hacia el insecto recepcionista.
- Bueno - dijo -. ¿Dónde está Zarniwoop? Búscame a Zarniwoop.
- ¿Perdón, señor? - dijo el insecto en tono seco. No le gustaba que se dirigieran a él de aquella manera.
- Zarniwoop. Localízalo, ¿eh? Ahora mismo.
- Mire, señor - saltó la frágil criaturita -, si pudiera tomárselo con un poco de calma.
- Escucha - dijo Zaphod -, he venido aquí bien tranquilo, ¿vale? Soy tan asombrosamente frío, que podrías guardar en mi interior un trozo de carne durante un mes. Estoy tan pasado, que no veo más allá de mis narices. Y ahora, ¿quieres moverte antes de que estalle?
- Pues si deja que me explique, señor - dijo el insecto, dando golpecitos con el tentáculo más petulante que tenía a mano -, me temo que en estos momentos sea imposible, porque el señor Zarniwoop está haciendo un crucero intergaláctico.
Demonios, pensó Zaphod.
- ¿Cuándo volverá? - preguntó Zaphod.
- ¿Volver, señor? Está en su despacho.
Zaphod hizo una pausa mientras trataba de apartar de su mente aquella idea particular. No lo consiguió.
- ¿Que ese hortera está haciendo un crucero intergaláctico... en su despacho? - se inclinó hacia delante y agarró el tentáculo que daba golpecitos -. Escucha, tres ojos - dijo -, no intentes pasarte de misterioso, a mí me ocurren cosas más raras que a ti sólo con los cereales que tomo en el desayuno.
- Pero bueno, ¿quién te crees que eres, incauto? - dijo airadamente el insecto, agitando las alas de rabia -. ¿Zaphod Beeblebrox o algo parecido?
- Cuenta mis cabezas - dijo Zaphod en voz baja y áspera.
El insecto lo miró con los ojos entornados. Parpadeó.
- ¿Es usted Zaphod Beeblebrox? - preguntó con voz chillona.
- Sí - dijo Zaphod -, pero no lo pregones en voz alta o todos querrán uno.
- ¿El Zaphod Beeblebrox...?
- No, sólo un Zaphod Beeblebrox; ¿no te han dicho que vienen en cajas de seis?
El insecto se frotó los tentáculos, confuso.
- Pero, señor - protestó -, lo acabo de oír en el diario hablado de la radio sub-éter. Han dicho que usted había muerto...
- Sí, muy bien - dijo Zaphod -, pero aún sigo coleando. Bueno, ¿dónde puedo encontrar a Zarniwoop?
- Pues, señor, su despacho está en el piso decimoquinto, pero...
- Pero está haciendo un crucero intergaláctico, sí, sí; ¿cómo puedo dar con él?
- Los Transportadores Verticales de Personas de la Compañía Cibernética Sirius, recién instalados, están al otro extremo, señor. Pero, señor...
Zaphod ya se marchaba. Se dio la vuelta.
- ¿Sí? - dijo.
- ¿Puedo preguntarle por qué quiere ver a mister Zarniwoop?
- Sí - contestó Zaphod, que sin embargo no tenía clara esa cuestión -, me he dicho a mí mismo que tenía que verle.
- ¿Podría repetirlo, señor?
Zaphod se inclinó hacia delante y adoptó una actitud confidencial.
- Acabo de materializarme de la nada en uno de vuestros cafés - explicó - a consecuencia de una discusión con el espectro de mi bisabuelo. En cuanto llegué aquí, mi antigua personalidad, la que actuaba en mi cerebro, surgió en mi cabeza y me dijo: «Ve a ver a Zarniwoop.» Nunca he oído hablar de ese hortera. Eso es todo lo que sé. Eso, y el hecho de que debo encontrar al hombre que rige el Universo.
Guiñó un ojo.
- Mister Beeblebrox - dijo el insecto, respetuoso y maravillado -, es usted tan fantástico que debería salir en las películas señor.
- Sí - repuso Zaphod, palmeando al bicho en un ala rosada y centelleante -, y tú en la vida real, muchacho.
El insecto hizo una breve pausa para recobrarse de su agitación y luego alargó un tentáculo para coger un teléfono que sonaba.
Una mano metálica lo detuvo.
- Disculpe - dijo el propietario de la mano metálica, con una voz que podría haberle saltado las lágrimas a un insecto de disposición más sentimental.
Este no era uno de esa clase, y no podía soportar a los robots.
- Sí, señor - dijo con brusquedad -. ¿Puedo ayudarle?
- Lo dudo - repuso Marvin.
- Pues en ese caso, si quiere disculparme...
En aquel momento sonaban seis teléfonos. Un millón de cosas esperaban la atención del insecto.
- Nadie puede ayudarme - entonó Marvin.
- Sí, señor, bueno...
- Aunque nadie lo ha intentado, por supuesto.
La mano metálica que sujetaba al insecto cayó inerte al costado de Marvin. Su cabeza se inclinó un poquito hacia delante.
- ¿De veras? - dijo agriamente el insecto.
- A nadie le vale la pena ayudar a un robot doméstico, ¿no es cierto?
- Lo siento, señor, si...
- ¿Qué beneficio se saca ayudando o siendo amable con un robot, que no tiene circuitos de gratitud? A eso me refiero.
- ¿Y usted no tiene ninguno? - preguntó el insecto, que no parecía capaz de sustraerse a la conversación.
- Nunca he tenido ocasión de averiguarlo - le informó Marvin.
- Escucha, miserable montón de hierro mal ajustado...
- ¿No va a preguntarme qué es lo que quiero?
El insecto hizo una pausa. Disparó su larga y delgada lengua, se lamió los ojos y volvió a guardarla.
- ¿Vale la pena? - inquirió.
- ¿Acaso lo vale algo? - repuso Marvin de inmediato.
- ¿Qué... es... lo... que... quiere... usted?
- Estoy buscando a alguien.
- ¿A quién? - siseó el insecto.
- A Zaphod Beeblebrox - dijo Marvin -. Está allí.
El insecto se estremeció de rabia. Apenas podía hablar.
- Entonces, ¿por qué me lo pregunta? - gritó.
- Sólo quería hablar de algo - dijo Marvin.
- iQué!
- Patético, ¿verdad?
Con un chirrido de engranajes, Marvin se dio la vuelta y echó a andar pesadamente. Alcanzó a Zaphod cuando éste llegaba a los ascensores. Zaphod giró en redondo, pasmado.
- ¡Eh...! ¿Marvin? - dijo -. ¡Marvin...! ¿Cómo has llegado hasta aquí?
Marvin se vio obligado a decir algo que le resultaba muy difícil.
- No lo sé - respondió.
- Pero...
- Estaba sentado en tu nave sintiéndome muy deprimido, y en un momento me encontré aquí de pie sintiéndome enteramente desgraciado. El Campo de Improbabilidad, supongo.
- Sí - dijo Zaphod -, me figuro que mi bisabuelo te trajo para hacerme compañía. Un montón de gracias, bisabuelito - añadió entre dientes, y luego continuó en voz alta -: Bueno, ¿y qué tal estás?
- Pues muy bien - contestó Marvin -, si diera la casualidad de que te gustara ser yo, cosa que a mí personalmente no me gusta.
- Claro, claro - dijo Zaphod mientras se abrían las puertas del ascensor.
- Hola - dijo el ascensor con voz dulce -. Soy vuestro ascensor en este viaje y os subiré al piso que elijáis. La Compañía Cibernética Sirius me proyectó para llevaros, visitantes de la Guía del autoestopista galáctico, a estas sus oficinas. Si disfrutáis del viaje, que será rápido y placentero, podréis probar luego algunos de los demás ascensores que se han instalado recientemente en las oficinas del departamento de impuestos galácticos, de los Alimentos infantiles Boobiloo y del Hospital Mental del Estado de Sirius, donde muchos ex directivos de la Compañía Cibernética Sirius estarán encantados de recibir vuestra visita y simpatía, y de escuchar alegres historias del mundo exterior.
- Sí - dijo Zaphod, entrando en el ascensor -. ¿Qué más haces, aparte de hablar?
- Subo o bajo - contestó el ascensor.
- Bien - dijo Zaphod -. Vamos a subir.
- O a bajar - le recordó el ascensor.
- Sí, claro; arriba, por favor.
Hubo un momento de silencio.
- Abajo es muy bonito - sugirió esperanzado el ascensor.
- ¿Ah, sí?
- Mucho.
- Bien - dijo Zaphod -. ¿Querrás subimos ahora?
- ¿Puedo preguntarle - inquirió el ascensor con su voz más dulce y razonable - si ha considerado todas las posibilidades que le ofrece la parte de abajo?
Zaphod golpeó una de sus cabezas contra la pared interior. No necesitaba aquello, pensó; entre todas las cosas, aquello no le hacía falta. El no había pedido que lo llevaran allí. Si en aquel momento le hubieran preguntado dónde preferiría estar, probablemente habría dicho que le gustaría encontrarse en la playa con por lo menos cincuenta mujeres hermosas y un pequeño grupo de especialistas que descubrieran nuevos modos de que las mujeres fueran amables con él, lo que constituía su respuesta habitual. Y es posible que hubiera añadido unas palabras apasionadas sobre el tema de la comida.
Lo que no quería hacer era buscar al hombre que regía el Universo, que se limitaba a realizar un trabajo al que bien podía dedicarse, porque si no lo hacía él, lo haría cualquier otro. Y por encima de todo, no quería estar en un edificio de oficinas discutiendo con un ascensor.
- ¿Cómo cuáles otras posibilidades? - preguntó cansadamente.
- Pues - dijo el ascensor con una voz chorreante como la miel en las galletas - está el sótano, los microarchivos, las instalaciones de calefacción..., hum...
Hizo una pausa.
- Nada especialmente emocionante - advirtió, pero son otras posibilidades.
- ¡Santo Zarquon! - masculló Zaphod -. ¿Es que he pedido un ascensor existencialista?
Empezó a dar puñetazos a la pared.
- ¿Qué le pasa a esta cosa? - preguntó con desprecio.
- No quiere subir - dijo simplemente Marvin -. Creo que tiene miedo.
- ¿Miedo? - gritó Zaphod -. ¿De qué? ¿De la altura? ¿Un ascensor que tiene miedo de la altura?
- No, del futuro - dijo el ascensor con voz apenada.
- ¿Del futuro? - exclamó Zaphod -. ¿Qué pretende esta dichosa cosa, arreglar su jubilación?
En aquel momento estalló un alboroto en el vestíbulo de recepción, a sus espaldas. En torno a ellos, las paredes empezaron a emitir un ruido súbito de mecanismos en acción.
- Todos nosotros podemos ver el futuro - musitó el ascensor con una voz que parecía aterrorizada -; es parte de nuestra programación.
Zaphod miró fuera del vehículo: una multitud inquieta se había reunido en torno a la zona de ascensores, señalando y gritando.
Todos los ascensores del edificio estaban bajando, muy de prisa.
Volvió a meterse.
- Marvin - dijo -. ¿Quieres hacer que suba este ascensor? Tenemos que ver a Zarniwoop.
- ¿Por qué? - preguntó el robot con voz triste.
- No sé - dijo Zaphod -, pero cuando lo encuentre, será mejor que ese hortera tenga una razón muy buena para que yo quiera verlo.
Los ascensores modernos son entes complejos y extraños. Los antiguos montacargas eléctricos de «ocho personas de capacidad máxima» tienen tanta relación con un Alegre Transportador Vertical de Personas de la Compañía Cibernética Sirius, como un paquete de nueces variadas con toda el ala oeste del Hospital Mental del Estado de Sirius.
Y ello porque actúan según el curioso principio de «percepción temporal desenfocada». En otras palabras, tienen la capacidad de ver vagamente el futuro inmediato, lo que permite al ascensor estar en el piso exacto para recoger al usuario incluso antes de que éste sepa que va a necesitarlo, eliminando de esa manera toda la aburrida cháchara, la relajación y las consiguientes amistades nuevas que antiguamente la gente se veía obligada a hacer mientras esperaba el ascensor.
No es de extrañar que muchos ascensores provistos de inteligencia y precognición se sintieran horriblemente frustrados con el absurdo trabajo de subir y bajar una y otra vez, realizaran breves experimentos con la idea de desplazarse de costado como una especie de protesta existencial, exigieran participar en la toma de decisiones, y que, resentidos, les diera por quedarse acurrucados en el sótano.
En la actualidad, un autoestopista depauperado que visite cualquier planeta del sistema estelar de Sirius puede ganar un dinero fácil trabajando como consejero de ascensores neuróticos.
En la planta decimoquinta las puertas del ascensor se abrieron de golpe.
- Quince - dijo el ascensor -. Y recuerde, sólo hago esto porque me gusta su robot.
Zaphod y Marvin salieron rápidamente del vehículo, que al instante cerró sus puertas y bajó tan deprisa como se lo permitía su mecanismo.
Zaphod miró con cautela a su alrededor. El pasillo estaba desierto y silencioso, y no había indicio alguno de dónde podría encontrar a Zarniwoop. Todas las puertas que daban al pasillo estaban cerradas y no tenían identificación alguna.
Se hallaban muy cerca del puente que comunicaba las dos torres del edificio. A través de un amplio ventanal, el brillante sol de Osa Menor Beta lanzaba cuadrados de luz sobre los que danzaban pequeñas partículas de polvo. Revoloteó una sombra y al momento desapareció.
- Dejado en la estacada por un ascensor - masculló Zaphod, que se sentía poco desenvuelto.
Los dos permanecieron inmóviles, mirando en ambas direcciones.
- ¿Sabes una cosa? - dijo Zaphod a Marvin.
- Más de las que puedas imaginarte.
- Estoy absolutamente seguro de que este edificio no debería estremecerse.
No era más que una leve vibración que sentía bajo las suelas de los zapatos... y otra más. Entre los rayos de sol, las partículas de polvo bailoteaban con mayor vigor. Pasó otra sombra. Zaphod miró al suelo.
- O tienen un dispositivo vibratorio - dijo, sin mucha confianza - para tonificar los músculos mientras se trabaja, o...
Se acercó a la ventana y de pronto vaciló, porque en aquel momento sus gafas de sol Sensibles al Peligro Supercromáticas joo janta 200 se volvieron completamente negras. Una sombra grande pasó por la ventana emitiendo un zumbido agudo.
Zaphod se quitó violentamente las gafas y entonces el edificio se estremeció con horrísimo estruendo. Se acercó de un salto a la ventana.
- ¡O están bombardeando el edificio! - concluyó.
Otro rugido sacudió la torre.
- ¿Quién querría en la Galaxia bombardear una empresa editorial? - preguntó Zaphod, que no oyó la respuesta de Marvin porque en aquel momento el edificio retembló bajo los efectos de otro bombardeo. Trató de volver tambaleándose al ascensor: era una maniobra inútil, pero no se le ocurrió otra.
De pronto, al final de un pasillo que salía a la derecha, vislumbró la figura de un hombre. El desconocido le vio.
- ¡Por aquí, Beeblebrox! - gritó.
Zaphod lo miró con desconfianza mientras otra bomba conmovía el inmueble.
- ¡No - gritó Zaphod, a su vez -, Beeblebrox, por aquí! ¿Quién eres?
- ¡Un amigo! - respondió el desconocido. Echó a correr hacia Zaphod.
- ¿Ah, sí? - dijo Zaphod -. ¿Amigo de alguien en particular, o simplemente bien dispuesto hacia la gente en general?
El hombre corrió por el pasillo mientras el suelo se agitaba bajo sus pies como una manta excitada. Era de corta estatura, robusto, curtido por el aire y el sol, y vestía como sí hubiera dado dos veces la vuelta a la Galaxia con la misma ropa.
- ¿Sabes que están bombardeando el edificio? - le preguntó Zaphod al oído cuando el desconocido llegó a su altura.
El recién llegado asintió.
Súbitamente cesó la luz. Al mirar a la ventana para saber por qué, Zaphod jadeó a la vista de una enorme nave espacial en forma de bala y de color gris metálico que surcaba el aire junto al edificio. La siguieron dos más.
- El gobierno del que has desertado ha salido a buscarte, Zaphod - siseó el desconocido -. Han enviado una escuadrilla de Cazas Ranestelares.
- ¡Cazas Ranestelares! - masculló Zaphod -. ¡Por Zarquon!
- ¿Te haces idea?
- ¿Qué son los Cazas Ranestelares? - Zaphod estaba seguro de que había oído a alguien hablar de ellos cuando era Presidente, pero nunca prestó mucha atención a los asuntos oficiales.
El desconocido tiró de él hacia una puerta. Le siguió. Con un zumbido chamuscante, un objeto pequeño, semejante a una araña, pasó por el aire como una bala y desapareció por el corredor.
- ¿Qué era eso? - musitó Zaphod.
- Un robot Explorador Ranestelar de clase A que te buscaba - dijo el desconocido.
- ¿Ah, sí?
- ¡Agáchate!
Por la dirección opuesta venía un objeto negro, más grande y semejante a una araña. Los pasó zumbando.
- ¿Y eso...?
- Un robot Explorador Ranestelar de clase B, que te buscaba.
- ¿Y eso? - preguntó Zaphod cuando pasó un tercero quemando el aire.
- Un robot Explorador Ranestelar de clase C, que te buscaba.
- ¡Vaya! - dijo Zaphod, sonriendo para sus adentros -. Son unos robots bastante estúpidos, ¿no?
Por el puente llegaba un enorme murmullo retumbante. Una forma gigantesca de color negro avanzaba desde la otra torre; tenía las dimensiones y configuración de un tanque.
- ¡Santo fotón! - susurró Zaphod -. ¿Qué es eso?
- Un tanque - dijo el desconocido -. Un robot Explorador Ranestelar de clase D, que viene por ti.
- ¿Nos vamos?
- Me parece lo más conveniente.
- ¡Marvin! - llamó Zaphod.
Marvin se incorporó entre un montón de escombros que había a cierta distancia en el pasillo, y los miró.
- ¿Ves ese robot que viene hacia nosotros?
Marvin contempló el avance de la gigantesca forma negra, que se acercaba hacia ellos por el puente. Bajó la cabeza y miró su pequeño cuerpo de metal. Volvió a mirar al tanque.
- Me imagino que querrás que lo detenga - dijo.
- Sí.
- Mientras vosotros salváis el pellejo.
- Sí - dijo Zaphod -. ¡quédate ahí!
- Entonces, adiós, ya sé el terreno que piso - dijo Marvin. El desconocido tiró del brazo de Zaphod, que le siguió por el pasillo.
A Zaphod se le ocurrió una cosa sobre la marcha. - ¿Adónde vamos?
- Al despacho de Zarniwoop.
- ¿Es éste un momento para acudir a una cita?
- Vamos.
Marvin estaba al final del pasillo del puente. En realidad, no era un robot especialmente pequeño. Su cuerpo plateado espejeaba entre el polvo de los rayos de sol y se estremecía con el continuo bombardeo que seguía soportando el edificio.
Sin embargo, cuando el gigantesco tanque negro se detuvo frente a él, parecía lamentablemente pequeño. El tanque lo examinó con una sonda. La sonda se retiró.
Marvin se mantuvo en su sitio.
- Apártate de mi camino, pequeño robot - gruñó el tanque.
- Me temo que me han dejado aquí para detenerte - dijo Marvin.
La sonda volvió a alargarse y le examinó de nuevo. Se retiró otra vez.
- ¿Tú? ¿Detenerme? - bramó el tanque -. ¡Vamos!
- No, tengo que hacerlo, de veras - dijo simplemente Marvin.
- ¿Con qué estás armado? - rugió el tanque, incrédulo.
- Adivínalo - repuso Marvin.
Los motores del tanque retumbaron, sus engranajes rechinaron. Los relés electrónicos de tamaño molecular albergados profundamente en su microcerebro se sacudieron de consternación hacia delante y hacia atrás.
- ¿Que lo adivine? - dijo el tanque.
Con pasos vacilantes, Zaphod y el aún desconocido recorrieron un pasillo, luego otro y después un tercero. El edificio seguía vibrando y estremeciéndose, lo que tenía perplejo a Zaphod. Si querían volar las torres, ¿por qué tardaban tanto?
Con dificultad, llegaron a una serie de puertas sin identificar, enteramente anónimas, y cargaron contra una de ellas. Se abrió de golpe y cayeron dentro.
Todo este camino, pensó Zaphod, todas estas dificultades, todo este tiempo sin estar en la playa pasándomelo bien, ¿y para qué? Una silla, un escritorio, y un cenicero sucio en un despacho sin decorar. El escritorio, aparte de un poco de polvo danzante y una nueva y revolucionaria especie de clip de papeles, estaba vacío.
- ¿Dónde está Zarniwoop? - preguntó Zaphod, con la impresión de que empezaba a escapársele su ya débil comprensión de toda aquella actividad.
- Está haciendo un crucero intergaláctico - contestó el desconocido.
Zaphod trató de catalogarlo. Era un tipo serio, no el saco de la risa. Probablemente dedicaba buena parte de su tiempo a correr de un lado para otro por pasillos que se alzaban a su paso, rompiendo puertas y haciendo comentarios misteriosos en despachos vacíos.
- Permíteme que me presente - dijo el desconocido -. Me llamo Roosta, y ésta es mi toalla.
- Hola, Roosta - dijo Zaphod -. Hola, toalla - añadió, cuando Roosta le tendió una vieja toalla de flores bastante desagradable. Sin saber qué hacer con ella, la estrechó por una esquina.
Cerca de la ventana, pasó retumbando una de las naves espaciales en forma de bala de color verde metálico.
- Sí, adelante - dijo Marvin a la enorme máquina de batalla -; jamás lo adivinarás.
- Hummm... - dijo la máquina, vibrando por el desacostumbrado ejercicio de pensar -, ¿rayos láser?
Marvin meneó solemnemente la cabeza.
- No - murmuró la máquina con su hondo rugido gutural -. Demasiado evidente. ¿Rayos antimateria? - aventuró.
- Más elemental todavía - le reprendió Marvin.
- ¿Qué me dices de un ariete electrónico?
Eso era nuevo para Marvin.
- ¿Qué es eso? - preguntó.
- Uno de estos - dijo la máquina con entusiasmo.
De su torreta emergió un diente afilado que escupió un mortífero rayo de luz. A espaldas de Marvin, rugió una pared que se derrumbó como un montón de polvo. El polvo se elevó brevemente y luego se asentó.
- No; uno de esos, no - dijo Marvin.
- Buena idea, ¿eh? Bien pensado, ¿verdad?
- Muy bien - convino Marvin.
- Lo sé - afirmó la máquina de guerra, tras considerarlo otro poco -; ¡debes tener uno de esos nuevos Emisores Restructurón Inestable Zenón Jántico!
- Bonitos, ¿verdad? - dijo Marvin.
- ¿Es eso lo que tienes? - preguntó la máquina con apreciable respeto.
- No - contestó Marvin.
- Vaya - dijo la máquina, decepcionada -. Entonces, debe de ser...
- Sigues un razonamiento equivocado - le advirtió Marvin -. No tomas en cuenta un hecho bastante fundamental en las relaciones entre hombres y robots.
- Humm, ya sé; es... - dijo el blindado antes de interrumpirse para volver a pensar.
- Piensa un poco - le urgió Marvin -. Me han dejado a mí, un robot doméstico ordinario, para que te detenga a ti, una gigantesca máquina de guerra para tareas pesadas, mientras ellos salen corriendo para salvarse. ¿Con qué crees que me dejarían?
- Pues, huummm... - murmuró la máquina, alarmada -, supongo que con algo tremendamente devastador.
- ¡Supones! - exclamó Marvin -. Claro, lo supones. ¿Quieres que te diga lo que me han dejado para protegerme?
- Vale, muy bien - dijo el carro de combate, preparándose para la respuesta.
Hubo una pausa peligrosa.
- Nada - dijo Marvin.
- ¿Nada? - bramó el tanque.
- Nada en absoluto - entonó Marvin, desconsolado -. Ni una salchicha electrónica.
La máquina se hinchó de furia.
- ¡Vaya, y además se llevan todos los honores! - rugió. - Nada, ¿eh? ¿Es que no piensan, o qué?
- Y yo con estos dolores horribles en todos los diodos del costado izquierdo - dijo Marvin en voz baja y suave.
- Que te las hace pasar canutas, ¿verdad?
- Sí - convino Marvin con emoción.
- ¡Vaya, eso me pone furioso! - aulló la máquina -. ¡Me parece que voy a aplastar esa pared!
El ariete electrónico lanzó otra llamarada y quitó la pared más próxima a la máquina.
- ¿Cómo crees que me siento yo? - dijo Marvin con amargura.
- Así que se han largado y te han dejado a ti, ¿no es cierto? - tronó la máquina.
- Sí - confirmó Marvin.
- ¡Creo que también les voy a dejar sin su maldito techo! - tronó el tanque.
Quitó el techo del puente.
- Sí - gruñó la máquina, un tanto humillada -. Humm...
- ¡Qué impresionante! - murmuró Marvin.
- Todavía no has visto nada - Prometió la máquina ¡También puedo quitar este suelo, sin problemas!
Quitó también el suelo.
- ¡Caracoles! - bramó la máquina mientras caía a plomo quince pisos y se hacía pedazos en la planta baja.
- ¡Qué máquina tan estúpida y deprimente! - dijo Marvin, y echó a andar pesadamente.
- Bueno, ¿nos vamos a quedar aquí sentados, o qué? - dijo Zaphod, enfadado -. ¿Qué es lo que quieren esos tipos de ahí fuera?
- A ti, Beeblebrox - dijo Roosta -. Van a llevarte a la Ranestrella, el mundo más enteramente diabólico de la Galaxia.
- ¿Ah, sí? - repuso Zaphod -. Primero tendrán que venir y cogerme.
- Ya han venido y te han cogido - advirtió Roosta -. Mira por la ventana.
Zaphod miró y quedó boquiabierto.
- ¡El suelo se va! - jadeó. ¿Adónde se llevan el suelo?
- Se están llevando el edificio, estamos volando - le informó Roosta.
Las nubes pasaban velozmente por la ventana del despacho.
Zaphod volvió a ver en el aire el anillo verde oscuro de los Cazas Ranestelares en torno a la torre desarraigada del edificio. Una red de haces de energía irradiaban de ellos y tenían firmemente sujeto el inmueble.
Zaphod meneó las cabezas, perplejo.
- ¿Qué he hecho yo para merecer esto? - se lamentó -. Me meto en un edificio, y se lo llevan.
- No les preocupa lo que has hecho - dijo Roosta -, sino lo que vas a hacer.
- ¿Y yo no tengo nada que decir al respecto?
- Ya lo hiciste, hace años. Será mejor que te agarres, vamos a hacer un viaje rápido y agitado.
- Si alguna vez me encuentro conmigo mismo - dijo Zaphod -, me sacudiré tan fuerte, que no sabré con qué me han golpeado.
Marvin entró pesadamente por la puerta, lanzó a Zaphod una mirada acusadora, se dejó caer en un rincón y se desconectó.
En el puente del Corazón de Oro todo estaba en silencio. Arthur miró al pequeño atril que tenía delante y se puso a meditar. Se cruzó con la mirada inquisitivo de Trillian. Desvió la vista y volvió a mirar al atril.
Por fin lo vio.
Cogió cinco cuadraditos de plástico y los dispuso en el tablero que estaba justo delante de la rejilla.
Los cinco cuadrados tenían las letras E, X, Q, U e I. Los puso junto a las letras S, I, T, O.
- Exquisito - dijo -, y completo tres palabras. Me parece que va a sumar un montón.
La nave se balanceó y algunas letras se desperdigaron por enésima vez.
Trillian suspiró y empezó a colocarlas de nuevo.
Por los pasillos silenciosos resonaban los pasos de Ford Prefect, que acechaba los enormes instrumentos inactivos de la nave.
¿Por qué seguía estremeciéndose la nave?, pensó.
¿Por qué se balanceaba y sacudía?
¿Por qué no podía averiguar dónde estaban? Y sobre todo,
¿dónde estaban?
La torre izquierda de las oficinas de la Guía del autoestopista galáctico surcaba el espacio interestelar a una velocidad jamás igualada, antes o después, por ningún otro edificio de oficinas del Universo.
A media altura de la torre, Zaphod Beeblebrox paseaba colérico por un despacho.
Roosta estaba sentado en el borde del escritorio haciendo unos remiendos rutinarios en la toalla.
- Oye, ¿adonde dijiste que llevaban este edificio? - preguntó Zaphod.
- A la Ranestrella - dijo Roosta -, el lugar más enteramente diabólico del Universo.
- ¿Hay comida aquí? - preguntó Zaphod.
- ¿Comida? ¿Vas a la Ranestrella y te preocupa si hay comida?
- Sin comida quizá no llegue a la Ranestrella.
Por la ventana no podían ver nada, aparte de la luz parpadeante del haz de energía y de vagas manchas grises que presumiblemente eran las formas distorsionadas de los Cazas Ranestelares. A aquella velocidad el espacio mismo era invisible, y desde luego irreal.
- Toma, chupa esto - dijo Roosta, ofreciendo su toalla a Zaphod.
Zaphod lo miró con fijeza, como si esperara que un cuco saliera de un muellecito por su frente.
- Está empapada en sustancias nutritivas - explicó Roosta.
- ¿Es que eres de esos que comen porquerías, o algo así? - inquirió Zaphod.
- Las franjas amarillas son ricas en proteínas, las verdes tienen complejos de vitamina B y C, las florecitas rosas contienen extracto de germen de trigo.
Zaphod la cogió y la miró estupefacto.
- ¿Qué son las manchas marrones? - preguntó.
- Salsa Bar-B-Coa - dijo Roosta -, para cuando me harto de germen de trigo.
Zaphod lo olió con aire de duda.
Con más dudas aún, chupó una esquina. Escupió.
- ¡Uf! - declaró.
- Sí - admitió Roosta -. Cuando tengo que chupar ese extremo, también necesito sorber un poco el otro.
- ¿Por qué? ¿Qué tiene? - inquirió Zaphod, receloso.
- Antidepresivos - dijo Roosta.
- Mira, ya he tenido bastante de esta toalla - dijo Zaphod, devolviéndosela.
Roosta la cogió, bajó del escritorio, lo rodeó, se sentó en el sillón y puso los pies encima de la mesa.
- Beeblebrox - dijo, poniéndose las manos en la nuca -, ¿tienes idea de lo que va a pasarte en la Ranestrella?
- ¿Van a darme de comer? - aventuró Zaphod, esperanzado.
- Van a darte de comer - dijo Roosta - en el Vórtice de la Perspectiva Total.
Zaphod nunca había oído hablar de eso. Creía conocer todas las cosas divertidas de la Galaxia, de manera que supuso que el Vórtice de la Perspectiva Total no era agradable. Preguntó a Roosta qué era.
- No es sino la tortura más cruel que puede soportar un ser consciente - explicó Roosta.
Zaphod asintió resignadamente con las cabezas.
- De modo que no hay comida, ¿eh? - dijo.
- ¡Escucha - exclamó Roosta en tono apremiante -, se puede matar a un hombre, destruir su cuerpo, doblegar su espíritu, pero el Vórtice de la Perspectiva Total puede aniquilar su alma ¡El tratamiento es cuestión de segundos, pero sus efectos duran toda la vida!
- ¿Has tomado alguna vez un detonador gargárico pangaláctico? - preguntó bruscamente Zaphod.
- Eso es aún peor.
- ¡Vaya! - admitió Zaphod, muy impresionado.
- ¿Tienes alguna idea de por qué quieren esos tipos hacerme eso? - añadió un momento después.
- Creen que es la mejor manera de aniquilarte para siempre. Saben lo que te propones.
- ¿Podrías pasarme una nota para que yo lo supiera también?
- Lo sabes, Beeblebrox - dijo Roosta -, lo sabes. Quieres ver al hombre que rige el Universo.
- ¿Sabe guisar? - inquirió Zaphod.
Tras un momento de reflexión, añadió como para sí mismo:
- Lo dudo. Si supiera preparar una buena comida, no se preocuparía del resto del Universo. ¡Quiero ver a un cocinero!
Roosta respiró fuerte.
- De todos modos, ¿qué estás haciendo tú aquí? - preguntó Zaphod -. ¿Qué tiene que ver contigo todo esto?
- Yo soy uno de los que planearon este asunto, junto con Zarniwoop, Yooden Vranx, tu bisabuelo y tú mismo, Beeblebrox.
- ¿Yo?
- Sí, tú. Me dijeron que habías cambiado, pero no me imaginaba cuánto...
- Pero...
- Estoy aquí para cumplir una misión. La llevaré a cabo antes de separarme de ti.
- ¿Qué misión, hombre, de qué estás hablando?
- La cumpliré antes de separarme de ti.
Roosta se sumió en un silencio impenetrable. Zaphod se sentía tremendamente contento.
En el segundo planeta del sistema de la Ranestrella, el aire era rancio e insalubre.
El viento húmedo que barría continuamente la superficie, pasaba sobre bancos de sal, marismas secas, marañas de vegetación corrompida y ruinas desmoronadas de ciudades demolidas. Ni rastro de vida se movía por el territorio. El suelo, como el de muchos planetas de esa parte de la Galaxia, hacía tiempo que era desértico.
El aullido del viento era bastante desolado cuando sus ráfagas entraban en las viejas casas destruidas de las ciudades; y más triste aún cuando soplaba por la parte baja de las altas torres negras que oscilaban precariamente en algunos puntos de la superficie de aquel mundo. En la cima de tales torres habitaban colonias de pájaros descarnados, grandes y malolientes; eran los únicos supervivientes de una civilización que antiguamente vivía allí.
Sin embargo, el gemido del viento era más penoso cuando pasaba por un lugar semejante a un grano, situado en medio de una amplia llanura gris en las afueras de la más grande de las ciudades abandonadas.
El sitio semejante a un grano era lo que le había ganado a aquel mundo la fama de ser el lugar más enteramente diabólico de la Galaxia. Desde fuera, era simplemente una cúpula de acero de unos diez metros de diámetro. Desde dentro, era algo mucho más monstruoso de lo que la mente es capaz de imaginar.
A unos cien metros de distancia, y separada por una franja de tierra agujereada, marchita y enteramente yerma, había lo que podría describirse como una especie de pista de aterrizaje. Es decir, en una zona más bien extensa se veían dispersas las ruinas desgarbadas de dos o tres docenas de edificios sobre los que se realizaban aterrizajes de emergencia.
Por encima y en torno de aquellos edificios, revoloteaba una mente, un espíritu que estaba esperando algo.
La mente dirigió su atención al espacio, y al poco tiempo apareció una mancha rodeada de un anillo de manchas más pequeñas.
La mancha grande era la torre izquierda del edificio de oficinas de la Guía del autoestopista galáctico, que descendía por la estratosfera del Mundo Ranestelar B.
Mientras perdía altura, Roosta rompió súbitamente el largo e incómodo silencio que se había alzado entre ambos hombres.
Se puso en pie y guardó la toalla en una bolsa.
- Beeblebrox - dijo -, voy a cumplir la misión para la cual me enviaron.
Zaphod lo miró desde el rincón donde estaba sentado, compartiendo pensamientos silenciosos con Marvin.
- ¿Sí? - dijo.
- Dentro de poco aterrizará el edificio. Cuando salgas, no lo hagas por la puerta; sal por la ventana - le dijo Roosta, y añadió: ¡Buena suerte!
Salió por la puerta y desapareció de la vida de Zaphod de manera tan misteriosa como había entrado en ella.
Zaphod se incorporó de un salto y trató de abrir la puerta, pero Roosta ya la había cerrado. Se encogió de hombros y volvió al rincón.
Dos minutos después, el edificio realizó un aterrizaje de emergencia entre las demás ruinas. La escolta de Cazas Ranestelares desactivó los haces de energía y volvió a elevarse en el aire con rumbo al Mundo Ranestelar A, un sitio definitivamente más agradable. Jamás aterrizaban en el Mundo Ranestelar B. Nadie lo hacía. Nadie andaba nunca por su superficie, salvo las futuras víctimas del Vórtice de la Perspectiva Total.
Zaphod quedó bastante conmocionado por el aterrizaje. Se tumbó durante un rato sobre los escombros silenciosos y polvorientos a que había quedado reducida la mayor parte de la habitación. Pensó que se encontraba en el punto más bajo que había alcanzado en su vida. Se sentía aturdido, solo y despreciado. Finalmente, juzgó que debería enfrentarse con lo que le esperaba.
Examinó la habitación, resquebrajada y derruida. La pared había caído en torno al marco de la puerta, que estaba abierta de par en par. Por un milagro, la ventana estaba cerrada e intacta. Vaciló durante un rato, luego pensó que si su extraño y reciente compañero había pasado por todo lo que había pasado sólo para decirle lo que le había dicho, debía existir una buena razón para ello. Con ayuda de Marvin abrió la ventana. Afuera, la nube de polvo levantada por el aterrizaje y las ruinas de los demás edificios que rodeaban al suyo, impidieron efectivamente que Zaphod viera nada del mundo exterior.
No es que aquello le inquietara excesivamente. Su preocupación fundamental era lo que vio al mirar hacia abajo. El despacho de Zarniwoop estaba en el piso quince. El edificio había aterrizado con una inclinación de cuarenta y cinco grados, pero de todos modos la idea del descenso quitaba el aliento.
Por fin, acuciado por la continua serie de miradas desdeñosas que Marvin parecía lanzarle, respiró hondo y gateó por el costado del edificio, bastante empinado. Marvin le siguió, y juntos empezaron a bajar reptando, lenta y penosamente, los quince pisos que los separaban del suelo.
Al arrastrarse, el polvo y el aire húmedo le sofocaban los pulmones; le escocían los ojos y la aterradora distancia hasta abajo hacía que las cabezas le dieran vueltas.
Los ocasionales comentarios de Marvin del tipo de: «¿Es ésta la clase de cosas que os gustan a las formas vivientes? Lo pregunto sólo para saberlo», hacían poco por mejorar su estado de ánimo.
Hacia la mitad de la bajada del edificio resquebrajado hicieron una pausa para descansar. Mientras permanecía allí tumbado, jadeando de miedo y agotamiento, pensó Zaphod que Marvin parecía una pizca más alegre que de costumbre. Luego se dio cuenta de que no era así. El robot sólo parecía animado en comparación con su propio estado de ánimo.
Un pájaro negro, grande y huesudo, apareció aleteando entre las nubes de polvo que iban asentándose lentamente, y, estirando las patas larguiruchas, se posó en el saliente de una ventana inclinada, a un par de metros de Zaphod. Recogió las desgarbadas alas y se tambaleó torpemente en su percha.
Sus alas debían tener una envergadura de unos dos metros, y su cabeza y cuello parecían curiosamente alargados para un ave. Tenía la cara plana, el pico sin desarrollar y, hacia la mitad de la parte interior de las alas, se veían claramente los vestigios de algo parecido a una mano.
En realidad, tenía un aspecto casi humano.
Dirigió a Zaphod sus ojos tristes e hizo sonar el pico de forma esporádica.
- Lárgate - dijo Zaphod.
- Vale - murmuró el pájaro de mal talante, remontando de nuevo el vuelo entre el polvo.
Zaphod le vio marcharse, estupefacto.
- ¿Acaba de hablarme ese pájaro? - preguntó nerviosamente a Marvin. Estaba perfectamente preparado para creer la explicación alternativa: que en realidad tenía alucinaciones.
- Sí - confirmó Marvin.
- Pobrecitos - dijo al oído de Zaphod una voz etérea y profunda.
Al volverse bruscamente para buscar el origen de la voz, Zaphod estuvo a punto de caerse del edificio. Se agarró furiosamente al saliente de una ventana y se cortó la mano. Siguió agarrado, jadeando pesadamente.
La voz no tenía origen alguno; allí no había nadie. Sin embargo, volvió a hablar.
- Tienen una historia trágica, ¿sabes? Una desgracia terrible.
Zaphod miró desatinadamente a todos lados. La voz era profunda y tranquila. En otras circunstancias la habría descrito como tranquilizadora. Sin embargo, no hay nada tranquilizador en que le hable a uno una voz sin cuerpo, en especial cuando uno no está, como Zaphod Beeblebrox, en su mejor momento y agarrado a un saliente del octavo piso de un edificio estrellado.
- Eh, hummm... - tartamudeó.
- ¿Quieres que te cuente su historia? - preguntó la voz en tono sosegado.
- Oye, ¿quién eres? - jadeó Zaphod -. ¿Dónde estás?
- Tal vez después, entonces - murmuró la voz -. Me llamo Gargrabar. Soy el Guardián del Vórtice de la Perspectiva Total.
- ¿Por qué no puedo ver...?
- Encontrarás mucho más fácil el descenso del edificio - dijo la voz, elevándose, si te desplazas unos dos metros a tu izquierda. ¿Por qué no lo intentas?
Zaphod miró y vio una serie de breves ranuras horizontales que iban hasta el suelo a todo lo largo del costado del edificio.
Agradecido, se dirigió hacia ellas.
- ¿Por qué no volvemos a vernos abajo? - le dijo la voz al oído, y desapareció en cuanto terminó de hablar.
- ¡Eh! - llamó Zaphod -. ¿Dónde estás...?
- Sólo tardarás un par de minutos... - dijo la voz, que se oyó muy débil.
- Marvin - dijo Zaphod gravemente al robot, que iba en cuclillas y abatido a su lado -, ¿acaba... una... voz... de...?
- Sí - replicó secamente Marvin.
Zaphod asintió con las cabezas. Volvió a sacar sus gafas de sol Sensibles al Peligro. Estaban completamente negras y ya muy arañadas por el inesperado objeto de metal que guardaba en el bolsillo. Se las puso. Bajaría el edificio con mayor comodidad si no tenía que mirar lo que estaba haciendo.
Minutos después apareció entre los resquebrajados y deformados cimientos del edificio; se quitó las gafas de nuevo y saltó al suelo.
Marvin se reunió con él un momento después y quedó tumbado de cara al polvo y a los escombros, posición que no parecía inclinado a abandonar.
- Ah, estás ahí - dijo de pronto la voz, al oído de Zaphod -. Disculpa por haberte dejado así, es que tengo mala cabeza para las alturas - y añadió, añorante -: Al menos tenía mala cabeza para las alturas.
Zaphod miró alrededor lenta y cuidadosamente, sólo para ver si se le había escapado algo que pudiera ser el origen de la voz. Pero todo lo que vio fue polvo, escombros y las altas ruinas de los edificios circundantes.
- Oye, humm, ¿por qué no puedo verte? - preguntó -. ¿Por qué no estás aquí?
- Estoy aquí - dijo la voz, despacio -. Mi cuerpo quería venir, pero está algo ocupado en este momento. Cosas que hacer, gente que ver. - Tras de lo que pareció ser una especie de suspiro etéreo, añadió -: Ya sabes lo que pasa con los cuerpos.
Zaphod no estaba seguro.
Creía que sí.
- Sólo espero que haga una cura de reposo - prosiguió la voz -. Por la vida que lleva últimamente, debe estar en las primeras.
- ¿En las primeras? - dijo Zaphod -. ¿No querrás decir en las últimas?
La voz no dijo nada durante un rato. Zaphod miró intranquilo a su alrededor. No sabía si se había marchado, si aún estaba allí o qué estaba haciendo. Luego, la voz volvió a hablar.
- De modo que tú eres el que hay que meter en el Vórtice, ¿no?
- Pues, humm - dijo Zaphod en una tentativa muy pobre por parecer indiferente -, eso no tiene prisa, ¿sabes? Podía dar un paseo por aquí y contemplar el paisaje, ¿te parece?
- ¿Has echado una mirada al paisaje? - le preguntó la voz de Gargrabar.
- Pues no.
Zaphod subió a un montón de escombros y dio la vuelta a la esquina de uno de los edificios en ruinas que le impedían la visión.
Miró el paisaje del Mundo Ranestelar B.
- Bueno, vale - dijo -. Entonces sólo daré un paseo por aquí.
- No - dijo Gargrabar -, el Vórtice te está esperando. Debes venir. Sígueme.
- ¿Ah, sí? - dijo Zaphod -. ¿Y cómo lo haré?
- Yo murmuraré - dijo Gargrabar -. Sigue el murmullo.
Un sonido suave y lastimero vagó por el aire; un susurro triste que parecía carecer de centro. Sólo si escuchaba con mucha atención podía Zaphod detectar la dirección de donde venía. Despacio, aturdido, lo siguió tambaleándose. ¿Qué otra cosa podía hacer?
El Universo, como ya hemos observado antes, es un lugar inabarcablemente grande, hecho que la mayoría de la gente tiende a ignorar en beneficio de una vida tranquila.
Mucha gente se mudaría contenta a otro sitio bastante más pequeño de su propia invención, cosa que realmente hace la mayoría de los individuos.
Por ejemplo, en un rincón del extremo oriental de la Galaxia está el planeta Oglarún, un enorme bosque cuya población «inteligente» vive siempre en un nogal bastante pequeño y lleno hasta los topes. En ese árbol nacen, viven, se enamoran, tallan en la corteza diminutos artículos especulativos sobre el sentido de la vida, la inutilidad de la muerte y la importancia del control de natalidad, libran unas cuantas guerras sumamente insignificantes y al fin mueren atados a la parte oculta de las ramas exteriores menos accesibles.
En realidad, los únicos oglarunianos que salen del árbol son aquellos expulsados por el nefando delito de preguntarse si existe otro árbol que contenga algo más que las ilusiones producidas por comer demasiadas oglanueces.
Por extraña que pueda parecer dicha conducta, en la Galaxia no existen formas de vida que no sean en cierto modo culpables de lo mismo, y por eso es tan terrible el Vórtice de la Perspectiva Total.
Porque cuando introducen a alguien en el Vórtice, le ofrecen un atisbo momentáneo de toda la inimaginable infinitud de la creación, y en alguna parte de ella hay una notita diminuta, una mancha microscópica sobre una mancha microscópica, que dice: «Estás aquí.»
La gran llanura gris se extendía ante Zaphod: en ruinas, destrozada. El viento la azotaba con violencia.
En medio se veía el grano acerado de la cúpula. Allí era adonde iba, pensó Zaphod. Aquello era el Vórtice de la Perspectiva Total.
Mientras estaba mirándola con aire sombrío, súbitamente salió de ella un aullido inhumano de terror, como de un hombre a quien separasen a fuego el alma del cuerpo. El grito se elevó por encima del viento y fue apagándose.
Zaphod sintió un sobresalto de miedo y le pareció que la sangre se le hacía helio líquido.
- ¡Eh! ¿Qué ha sido eso? - masculló sordamente.
- Una grabación del último que metieron en el Vórtice - explicó Gargrabar -. Siempre se le pone a la víctima siguiente. Es una especie de preludio.
- Pues sonaba francamente mal... - tartamudeó Zaphod -. ¿No podríamos largarnos un rato a una fiesta o algo así, para pensarlo?
- Por lo que me figuro - dijo la voz etérea de Gargrabar - es posible que yo esté en una. Es decir, mi cuerpo. Va a muchas fiestas sin mí. Dice que lo único que hago es estorbar. Ya ves.
- ¿Qué es todo eso de tu cuerpo? - preguntó Zaphod - deseoso de aplazar lo que fuese a ocurrirle.
- Pues se trata... de que está muy ocupado, ¿sabes? - contestó Gargrabar, titubeando.
- ¿Quieres decir que tiene una mente propia? - dijo Zaphod.
Hubo un silencio largo y un tanto glacial.
- Tengo que decir - repuso al fin Gargrabar - que esa observación me parece de muy mal gusto.
Zaphod masculló una disculpa confusa y avergonzada.
- No importa - dijo Gargrabar -, no tenías por qué saberlo.
La voz revoloteó insatisfecha.
- Lo cierto es - prosiguió en un tono que sugería que intentaba dominarla con todas sus fuerzas -, lo cierto es que en estos momentos pasamos por un período de separación legal. Sospecho que terminará en divorcio.
La voz volvió a apagarse, y Zaphod quedó sin saber qué decir. Emitió un murmullo confuso.
- Creo que no estamos hechos el uno para el otro - continuó al cabo Gargrabar -; nunca hemos sido felices haciendo las mismas cosas. Siempre hemos tenido unas discusiones formidables sobre la pesca y la sexualidad. Al fin tratamos de combinar las dos cosas, pero como puedes imaginarte, no fue más que un desastre. Y ahora mi cuerpo se niega a dejarme entrar. Ni siquiera quiere verme...
Volvió a hacer otra pausa dramática. El viento azotaba la llanura.
- Dice que sólo le produzco inhibiciones. Le señalé que yo sólo quería habitarlo, y contestó que eso era exactamente la clase de observación sabihonda que le sale a un cuerpo por la aleta izquierda de la nariz, de modo que lo dejamos. Probablemente le concederán la custodia de mi nombre.
- Vaya... - dijo Zaphod, débilmente -; ¿y cuál es?
- Pispote - dijo la voz -. Me llamo Pispote Gargrabar. Lo dice todo, ¿no es cierto?
- Hummm... - dijo Zaphod en tono comprensivo.
- Y por eso es por lo que, al ser una mente sin cuerpo, me han encomendado el trabajo de Guardián del Vórtice de la Perspectiva Total. Nadie pisará nunca el suelo de este planeta. Salvo las víctimas del Vórtice, que en realidad no cuentan, según me temo.
- Ah...
- Te contaré la historia. ¿Te gustaría oírla?
- Pues...
- Hace muchos años, éste era un planeta próspero y feliz; era un mundo normal en el que había gente, ciudades y tiendas. Pero en las calles elegantes de las ciudades había más zapaterías de las estrictamente necesarias. Y poco a poco, de manera insidiosa, fue aumentando el número de tales comercios. Es un fenómeno económico bien conocido pero trágico de ver en la práctica, porque cuantas más zapaterías había, más zapatos tenían que fabricar y más incómodos de llevar resultaban. Y cuanto más se gastaban, más calzado compraba la gente y más tiendas proliferaban, hasta que toda la economía del planeta traspasó lo que, según creo, se denomina Horizonte de la Competencia de Zapatos, y ya no fue económicamente posible fabricar algo que no fuesen zapatos. Consecuencia: fracaso, ruina y hambre. Murió la mayor parte de la población. Los pocos que tenían el tipo adecuado de inestabilidad genética se transformaron en pájaros, de los que ya has visto algunos, que maldijeron sus pies, renegaron del suelo y juraron no volver a pisarlo. Pobrecillos. Pero, vamos, tengo que conducirte al Vórtice.
Zaphod meneó estupefacto una cabeza y avanzó tambaleante por la llanura.
- Y tú procedes de este agujero repugnante, ¿verdad? - preguntó.
- No, no - contestó Gargrabar, desconcertado -. Soy del Mundo Ranestelar C. Un sitio precioso. Con una pesca fantástica. Al atardecer, revoloteo hacia allá. Aunque lo único que puedo hacer ahora es mirar. El Vórtice de la Perspectiva Total es lo único que tiene alguna función en este planeta. Se construyó aquí porque nadie lo quería tener a la puerta de casa.
En aquel momento, otro grito deprimente rasgó el aire y Zaphod se estremeció.
- ¿Qué daño puede hacer eso a un individuo? - masculló.
- El Universo - dijo simplemente Gargrabar -, todo el Universo infinito. Los soles infinitos, las distancias infinitas que los separan, mientras que tú eres un punto invisible dentro de un punto invisible, infinitamente pequeño.
- Pero, hombre, ¿sabes que soy Zaphod Beeblebrox? - murmuró Zaphod, tratando de airear los últimos restos de su amor propio.
Gargrabar no replicó, limitándose a proseguir su lúgubre murmullo hasta que llegaron a la descolorida cúpula de acero en medio de la llanura.
Cuando llegaron, se abrió a un costado una puerta susurrante, revelando una pequeña cámara en sombras.
- Entra - dijo Gargrabar.
Zaphod sintió un sobresalto de terror.
- Pero, cómo, ¿ahora? - dijo.
- Ahora.
Zaphod atisbó nervioso al interior. La cámara era muy pequeña. Estaba forrada de acero y apenas tenía espacio para más de una persona.
- Pues... humm..., no me parece ninguna clase de Vórtice - dijo Zaphod.
- No lo es; es el ascensor - informó Gargrabar -. Entra.
Con ansiedad infinita, Zaphod entró. Era consciente de que Gargrabar estaba con él en el vehículo, aunque el hombre sin cuerpo no hablaba.
El ascensor empezó a bajar.
- Tengo que ponerme en el estado de ánimo apropiado para esto - murmuró Zaphod.
- No existe estado de ánimo apropiado - dijo severamente Gargrabar.
- Verdaderamente, sabes cómo hacer que un individuo se sienta mal.
- Yo no. Es el Vórtice.
Al final del pozo, se abrió la parte de atrás del ascensor y Zaphod se encontró en una cámara más bien pequeña, funcional y forrada de acero.
En un extremo se levantaba un cajón de acero colocado en sentido vertical, con el tamaño suficiente para que un hombre cupiera de pie.
Era así de sencillo.
Estaba conectado a un pequeño montón de elementos y de instrumentos mediante un cable grueso.
- ¿Es esto? - preguntó Zaphod, sorprendido.
- Eso es.
No tiene tan mal aspecto, pensó Zaphod.
- ¿Y tengo que entrar ahí? - preguntó Zaphod.
- Tienes que entrar ahí - confirmó Gargrabar -. Y me temo que debes hacerlo ahora mismo.
- Vale, vale - dijo Zaphod.
Abrió la puerta del cajón y entró.
Una vez dentro, esperó.
Al cabo de cinco segundos hubo un ruidito y todo el Universo estaba con él en el cajón.
El Vórtice de la Perspectiva Total obtiene la imagen de la totalidad del Universo mediante el principio de análisis de la extrapolación de la materia.
En otras palabras, como toda partícula de materia del Universo recibe cierta influencia de los demás fragmentos de materia del Universo, en teoría es posible extrapolar el conjunto de la creación: todos los soles, todos los planetas, sus órbitas, su composición, su economía y su historia social de, digamos, una pequeña porción de tarta.
El inventor del Vórtice de la Perspectiva Total ideó la máquina con la intención fundamental de molestar a su mujer.
Trin Trágula, que así se llamaba, era un soñador, un pensador, un filósofo especulativo o, tal como le definía su mujer, un idiota.
Su esposa le importunaba de continuo por la cantidad de tiempo absolutamente disparatada que dedicaba a mirar las estrellas, a meditar sobre el mecanismo de los imperdibles o a realizar análisis espectrográficos de porciones de tarta.
- ¡Ten un poco de sentido de la proporción! - solía decirle, en ocasiones con una frecuencia de treinta y ocho veces al día.
Y por eso construyó el Vórtice de la Perspectiva Total, para darle una lección.
En un extremo conectó toda la realidad extrapolada de una porción de tarta, y en el otro conectó a su mujer. De manera que, cuando lo puso en funcionamiento, su mujer vio en un instante toda la creación infinita y a ella misma en relación con el Universo.
Para horror de Trin Trágula, la conmoción aniquiló totalmente el cerebro de su mujer; pero para su satisfacción, comprobó que había demostrado de manera concluyente que si la vida existe en un Universo de tales dimensiones, en ella no puede caber el sentido de la proporción.
La puerta del Vórtice se abrió de par en par.
Con su mente desprovista de cuerpo, Gargrabar observaba sombríamente. En cierta extraña manera, Zaphod le había gustado bastante. Estaba claro que se trataba de un hombre de cualidades, aunque en su mayor parte fueran malas.
Esperaba que se desplomase al salir del cajón, como solían hacer todos.
Sin embargo, salió andando.
- ¡Qué hay! - dijo.
- ¡Beeblebrox...! - jadeó estupefacta la mente de Gargrabar.
¿Podría beber algo, por favor? - preguntó Zaphod.
- Tú..., tú..., ¿has estado en el Vórtice? - tartamudeó Gargrabar.
- Ya me has visto, muchacho.
- ¿Y funcionaba?
- Claro que sí.
- ¿Y has visto toda la creación infinita?
- Pues claro. ¿Sabes que es verdaderamente muy bonita?
La mente de Gargrabar daba vueltas de asombro. Si le hubiera acompañado su cuerpo, se habría sentado pesadamente con la boca abierta.
- ¿Y te has visto en relación con ella? - inquirió Gargrabar.
- Ah, sí, sí.
- Pero... ¿qué has experimentado?
Zaphod se encogió de hombros con aire de presunción.
- No me ha dicho cosas que no supiera de siempre. Soy un tipo verdaderamente magnífico y formidable. ¿Es que no te he dicho, hombre, que soy Zaphod Beeblebrox?
Su mirada recorrió las máquinas que suministraban energía al Vórtice y se detuvo de repente, pasmada.
Respiró fuerte.
- Oye - dijo -, ¿es esto una verdadera porción de tarta?
Se precipitó sobre el pequeño trozo de pastel y lo apartó de los sensores que lo rodeaban.
- Si te contara cuánto lo necesito - dijo hambriento -, no tendría tiempo de comérmelo.
Se lo comió.
Poco tiempo después corría por la llanura en dirección a la ciudad en ruinas.
El aire húmedo le hacía resollar con dificultad, y daba frecuentes tropezones por el agotamiento que aún sentía. Empezaba a caer la noche, y el áspero terreno era traicionero.
Pero todavía le inundaba el júbilo de su reciente experiencia. Todo el Universo. Había visto cómo el Universo entero se extendía hasta el infinito delante de él: todo lo existente. Y la visión le reveló el nítido y extraordinario conocimiento de que él era lo más importante de su contenido. El tener una personalidad engreída es una cosa. Y que lo dijera una máquina es otra.
No tuvo tiempo de meditar sobre ello.
Gargrabar le había dicho que tenía que poner lo sucedido en conocimiento de sus jefes, pero que estaba dispuesto a dejar pasar un tiempo razonable antes de hacerlo. El suficiente para dar oportunidad a Zaphod de encontrar un sitio donde ocultarse.
No tenía idea de lo que iba a hacer, pero el saber que era la persona más importante del Universo le daba confianza para creer que encontraría algo.
En aquel planeta marchito no había más razones para sentirse optimista.
Siguió corriendo y pronto llegó a las afueras de la ciudad abandonada.
Avanzó por carreteras llenas de socavones y salpicada de largos hierbajos, con hoyos repletos de zapatos podridos. Los edificios por los que pasaba estaban tan desmoronados y decrépitos, que consideró poco seguro entrar en alguno. ¿Donde podría esconderse? Siguió de prisa.
Al cabo del rato, los restos de una ancha carretera general arrancaban de la que él recorría, y a su extremo había un edificio bajo rodeado de otros más pequeños y variados, cercados todos por las ruinas de una valla circular. El edificio principal parecía medianamente sólido, y Zaphod se desvió para ver si podía proporcionarle..., bueno, nada.
Se acercó al edificio. A un costado, que parecía ser la entrada principal pues tenía delante una gran zona de cemento, había tres puertas gigantescas de unos veinte metros de altura. Estaba abierta la del extremo, y hacia ella corrió Zaphod.
Dentro todo era confusión, polvo y tinieblas. Enormes telas de araña lo cubrían todo. Parte de la infraestructura del edificio estaba derruida, había un boquete en la pared trasera y centímetros de polvo, denso y asfixiante, cubrían el suelo.
Entre las sombras espesas se vislumbraban formas vagas, cubiertas de escombros.
Unas formas eran cilíndricas, otras bulbosas y otras parecían huevos; más precisamente, huevos rotos. La mayoría estaban abiertas o desgarradas, otras eran simples esqueletos.
Todas eran astronaves, abandonadas.
Zaphod avanzó, frustrado, entre aquellos armatostes. Nada había que pudiera ser remotamente útil. Hasta la simple vibración de sus pasos causaba que los precarios restos se desmoronaran más sobre sí mismos.
Hacia la parte de atrás del edificio yacía una vieja nave, algo mayor que las demás y enterrada bajo más espesos montones de polvo y de telas de araña. Sin embargo, sus contornos parecían intactos. Zaphod se acercó a ella con interés, y en el camino tropezó con un cable.
Trató de apartarlo y descubrió con sorpresa que seguía conectado a la nave.
Para su entera satisfacción, oyó que el cable emitía un murmullo ligero.
Incrédulo, miró fijamente a la nave y luego al cable que tenía entre las manos.
Se quitó la chaqueta y la tiró a un lado. Se puso a gatas y empezó a seguir el cable hasta el punto donde se juntaba con la nave. La conexión era firme y la leve vibración del murmullo se hacía más nítida.
Su corazón latía deprisa. Limpió unos tiznones y aplicó una oreja al costado de la nave. Sólo oyó un ruido débil e indeterminado.
Revolvió febrilmente los escombros que ocultaban el suelo y encontró un trozo de tubo y una taza de plástico no biodegradable. Con ello fabricó una especie de estetoscopio rudimentario y lo colocó contra el costado de la nave.
Lo que oyó le trastornó las cabezas.
La voz dijo:
- Las Líneas de Cruceros Interestelares piden disculpas a los viajeros por el continuo retraso de este vuelo. En estos momentos esperamos que embarquen nuestra dotación de servilletas de papel empapadas en limón, para su comodidad, refrescamiento e higiene durante el viaje. Entretanto, les agradecemos su paciencia. La tripulación volverá a servir en breve café y galletas.
Zaphod dio unos pasos vacilantes hacia atrás, mirando perplejo a la nave.
Paseó durante unos minutos, aturdido. De pronto vio un gigantesco cartel de salidas que aún colgaba del techo, de un solo soporte. Estaba cubierto de mugre, pero todavía se distinguían algunos números.
Los ojos de Zaphod buscaron entre las cifras y luego hizo unos cálculos rápidos. Sus ojos se abrieron como platos.
- Novecientos años... - jadeó para sí. Era el retraso que llevaba la nave.
Dos minutos después subía a bordo.
Al salir de la esclusa neumática, sintió un aire fresco y sano: aún funcionaba el aire acondicionado.
Las luces seguían encendidas.
De la pequeña cámara de entrada salió a un pasillo corto y estrecho que empezó a recorrer con nerviosismo.
De repente se abrió una puerta y una figura se plantó frente a él.
- Por favor, señor, vuelva a su asiento - le dijo la azafata androide, que le dio la espalda y echó a andar por el pasillo, delante de él.
Cuando su corazón empezó a latir de nuevo, la siguió. La azafata abrió una puerta al final del pasillo y pasó por ella.
Zaphod entró después.
Estaban en el compartimiento de pasajeros y el corazón de Zaphod volvió a pararse por un momento.
En cada asiento había un pasajero, con el cinturón abrochado.
Los viajeros tenían el cabello largo y despeinado y las uñas largas. Los hombres llevaban barba.
Saltaba a la vista que todos estaban vivos, pero dormidos.
Zaphod sintió que le atenazaba el terror.
Avanzó por el pasillo como en un sueño. Cuando llegó a la mitad, la azafata ya había llegado al final. Se volvió y habló:
- Buenas tardes, señoras y caballeros - dijo con voz dulce -. Gracias por soportar con nosotros este pequeño retraso. Despegaremos en cuanto nos sea posible. Si gustan despertarse, les serviré café y galletas.
Hubo un murmullo leve.
En aquel momento, todos los pasajeros despertaron.
Lo hicieron gritando y tirando de los cinturones y de los dispositivos de mantenimiento vital que los tenían firmemente sujetos a las butacas. Gritaron, chillaron y aullaron hasta que Zaphod pensó que le iban a reventar los oídos.
Forcejearon y se retorcieron mientras la azafata avanzaba con paciencia por el pasillo colocando frente a cada uno una tacita de café y un paquete de galletas.
Entonces, uno de ellos se levantó del asiento. Se volvió y miró a Zaphod.
A Zaphod se le erizó la piel por entero, como si tratara de desprenderse de su cuerpo. Se dio la vuelta y salió a escape de aquella jaula de grillos.
Se precipitó por la puerta y llegó al pasillo de antes.
El hombre lo persiguió.
Corrió frenéticamente hasta el final del pasillo y rebasó la cámara de entrada. Llegó al compartimiento de pilotaje, cerró la puerta de golpe y la aseguró. Se apoyó contra ella, jadeando.
Al cabo de unos segundos, una mano empezó a golpear la puerta.
Desde algún sitio del compartimiento de pilotaje, una voz metálica se dirigió a él.
- No se permite la entrada de pasajeros al compartimiento de pilotaje. Por favor, vuelva a su asiento y espere a que despegue la nave. Están sirviendo café y galletas. Le habla el piloto automático. Vuelva a su butaca, por favor.
Zaphod no dijo nada. Respiraba con dificultad; a sus espaldas, la mano seguía llamando a la puerta.
- Vuelva a su asiento, por favor - repitió el piloto automático -. No se permite la entrada de pasajeros al compartimiento de pilotaje.
- Yo no soy un pasajero - jadeó Zaphod.
- Vuelva a su butaca, por favor.
- ¡Yo no soy un pasajero! - repitió Zaphod, gritando.
- Vuelva a su asiento, por favor.
- Yo no soy un... Oye, ¿puedes oírme?
- Vuelva a su butaca, por favor.
- ¿Eres el piloto automático? - preguntó Zaphod.
- Sí - dijo la voz desde el cuadro de mandos.
- ¿Estás al cargo de esta nave?
- Sí - volvió a decir la voz -; ha habido un retraso. Para su comodidad y conveniencia, se mantiene temporalmente a los pasajeros en animación suspendida. Cada año se sirve café y galletas, tras de lo cual se vuelve a los pasajeros a la animación suspendida para que prosiga su comodidad y conveniencia. Se efectuará el despegue cuando se haya completado el avituallamiento de la nave. Pedimos disculpas por el retraso.
Zaphod se retiró de la puerta, que ya habían dejado de golpear. Se acercó al cuadro de mandos.
- ¿Retraso? - gritó. - ¿Has visto el mundo en que está la nave? Es un yermo, un desierto. Su civilización ha perecido. ¡De ninguna parte traen servilletas de papel empapadas en limón, hombre!
- Existen probabilidades estadísticas - prosiguió el piloto, automático en tono severo - de que surjan otras civilizaciones. Algún día habrá servilletas de papel empapadas en limón. Hasta entonces tendremos un breve retraso. Vuelva a su asiento, por favor.
- Pero...
Pero en aquel momento se abrió la puerta. Zaphod dio media vuelta y delante de él vio al hombre que le había perseguido. Llevaba una cartera grande. Vestía con elegancia y llevaba el cabello corto. No tenía barba ni las uñas largas.
- Zaphod Beeblebrox - dijo -, soy Zarniwoop. Creo que querías verme.
Zaphod Beeblebrox se quedó atónito. De sus bocas salieron palabras inconexas. Se derrumbó en una silla.
- Vaya, hombre, vaya. ¿De dónde sales? - preguntó.
- Te he estado esperando aquí - dijo Zarniwoop con indiferencia.
Dejó la cartera en el suelo y se sentó en otra silla.
- Me alegro de que hayas seguido las instrucciones - prosiguió -. Estaba un poco nervioso por si salías de mi despacho por la puerta en vez de por la ventana. Entonces habrías tenido problemas.
Zaphod lo miró, meneó las cabezas y farfulló algo.
- Cuando entraste por la puerta de mi despacho, te introdujiste en mi Universo sintetizado por medios electrónicos - le explicó; de haber salido por la puerta, habrías vuelto al Universo real. El artificial funciona desde aquí.
Con aire relamido, dio unos golpecitos a la cartera.
Zaphod le lanzó una mirada de odio y rencor.
- ¿Qué diferencia hay? - murmuró.
- Ninguna - dijo Zarniwoop -; son idénticos. Pero creo que en el Universo real los Cazas Ranestelares son grises.
- ¿Qué es lo que pasa? - preguntó Zaphod.
- Algo muy simple - repuso Zarniwoop.
Su aplomo y presunción inflamaron de ira a Zaphod.
- Sencillamente - continuó Zarniwoop, - descubrí las coordenadas en que podría encontrarse a ese hombre, el que rige el Universo, y averigüé que su mundo estaba guardado por un Campo de Improbabilidad. Para proteger mi secreto, y a mí mismo, me retiré al refugio de este Universo enteramente artificial, ocultándome en una olvidada astronave de línea. Estaba seguro. Entretanto, tú y yo...
- ¿Tú y yo? - repitió airadamente Zaphod -. ¿Quieres decir que te conozco?
- Sí - respondió Zarniwoop -; nos conocemos bien.
- Carezco del gusto - sentenció Zaphod, volviendo a caer en un silencio malhumorado.
- Entretanto, tú y yo convinimos en que tú robaras la nave de la Energía de la Improbabilidad, la única que podía llegar al mundo del dirigente, y me la trajeras aquí. Creo que ya lo has hecho y te felicito.
Lanzó una sonrisita con los labios apretados y Zaphod sintió deseos de darle con un ladrillo en la boca.
- Ah, en caso de que tengas curiosidad, este Universo se creó especialmente para que tú vinieras. Por consiguiente, eres la persona más importante de este Universo - añadió Zarniwoop con una sonrisa aún más ladrillable -. En el real no habrías sobrevivido al Vórtice de la Perspectiva Total. ¿Nos vamos?
- ¿A dónde? - preguntó Zaphod en tono agrio. Se sentía fatal.
- A tu nave. Al Corazón de Oro. Confío en que la habrás traído.
- No.
- ¿Dónde está tu chaqueta?
Zaphod le miró con expresión confundida.
- ¿Mi chaqueta? Me la he quitado. Está ahí afuera. - Bueno, vamos a buscarla.
Zarniwoop se puso en pie y le hizo un gesto a Zaphod para que le siguiera.
En la cámara de entrada volvieron a oír los gritos de los pasajeros, a quienes se daba café y galletas.
- El esperarte no ha sido una experiencia agradable para mí - comentó Zarniwoop.
- ¡Que no ha sido una experiencia agradable para ti! - gritó Zaphod -. ¿Qué te has creído...?
Zarniwoop levantó un dedo para imponerle silencio mientras la escotilla se abría de par en par. A pocos metros de distancia vio entre los escombros la chaqueta de Zaphod.
- Una nave muy potente y notable - dijo Zarniwoop -. Fíjate.
Mientras miraban, el bolsillo de la chaqueta empezó a aumentar de tamaño de forma imprevista. Se desgarró, haciéndose jirones. El pequeño modelo metálico del Corazón de Oro, que tanto sorprendió a Zaphod al encontrarlo en el bolsillo, estaba creciendo.
Se alargó y ensanchó. Al cabo de dos minutos, alcanzó su volumen normal.
- A una Escala de Improbabilidad de - dijo Zarniwoop -, de... pues no sé, pero muy amplia.
Zaphod se tambaleó.
- ¿Es que la he llevado conmigo encima todo el tiempo?
Zarniwoop sonrió. Alzó la cartera y la abrió.
Pulsó un interruptor que había dentro.
- ¡Adiós, Universo artificial - exclamó -; bienvenido sea el verdadero!
La escena resplandeció débilmente ante sus ojos y volvió a aparecer exactamente como antes.
- ¿Ves? - dijo Zarniwoop -. Es exactamente igual.
- ¿Es que la he llevado encima todo el tiempo? - repitió Zaphod con voz tensa.
- Pues claro - contestó Zarniwoop -. De eso se trataba precisamente.
- Ya está bien - dijo Zaphod -, puedes dejar de contar conmigo; de ahora en adelante no cuentes conmigo. Ya estoy harto de todo esto. juega a tus propios juegos.
- Me temo que no puedes abandonar - le advirtió Zarniwoop -, estás sujeto al Campo de Improbabilidad. No puedes escapar.
Sonrió de la forma que a Zaphod le producía ganas de darle un golpe en la boca, y esta vez lo hizo.
Ford Prefect irrumpió a saltos en el puente del Corazón de Oro.
- ¡Trillian! ¡Arthur! - gritó -. ¡Ya funciona! ¡La nave se ha reactivado!
Trillian y Arthur estaban dormidos en el suelo.
- Venga, muchachos, que nos vamos; estamos en marcha - dijo, dándoles con el pie para que despertaran.
- ¡Hola, chicos! - gorjeó el ordenador -. Os aseguro que es verdaderamente magnífico estar de nuevo con vosotros, y solo quiero decir que...
- Cierra el pico - dijo Ford -. Dinos dónde demonios estamos.
- ¡En el Mundo Ranestelar B, menudo basurero! - exclamó Zaphod, que entraba en el puente a la carrera -. Hola, muchachos, debéis estar tan asombrosamente contentos de verme, que ni siquiera encontráis palabras para decirme lo estupendo que soy.
- ¿Para decirte qué? - dijo Arthur confusamente mientras se levantaba del suelo sin entender nada de lo que pasaba.
- Sé cómo te sientes - dijo Zaphod -. Soy tan estupendo que me quedo sin habla cuando charlo conmigo mismo. Cómo me alegro de veros: Trillian, Ford, Hombre mono. Oye, hummm, ¿ordenador...?
- Hola, mister Beeblebrox. Señor, es un gran honor...
- Cierra la boca y sácanos de aquí, deprisa, deprisa y deprisa.
- Eso está hecho, compadre. ¿A dónde queréis ir?
- A cualquier parte, no importa - gritó Zaphod; pero se corrigió -: ¡Claro que importa! ¡Queremos ir a comer al sitio más cercano!
- En seguida - dijo alegremente el ordenador, y una explosión enorme sacudió el puente.
Un minuto después, cuando Zarniwoop entró con un ojo a la funerala, contempló con interés los cuatro jirones de humo.
Cuatro cuerpos inertes se sumieron en una oscuridad vertiginosa. La conciencia se apagó, el olvido arrojó los cuerpos al abismo del no ser. El rugido del silencio resonó lúgubremente en torno a ellos hasta que por fin se hundieron en un mar profundo y amargo de rojo inflamado que fue tragándoselos poco a poco y, al parecer, para siempre.
Después de lo que pareció una eternidad, el mar retrocedió y los dejó tendidos en una playa dura y fría, como desechos flotantes de la Vida, del Universo y de Todo lo demás.
Sufrieron espasmos fríos; ante sus ojos bailaron luces repugnantes. La playa dura y fría se inclinó, empezó a dar vueltas y luego quedó quieta. Emitió un brillo oscuro: era una playa dura y fría, bien pulimentada.
Una mancha verde los miró con desaprobación.
Tosió.
- Buenas tardes, señora, caballeros - dijo -. ¿Tienen ustedes reserva?
Ford Prefect recobró la conciencia de golpe, como si fuese una goma elástica; le dejó un escozor en el cerebro. Aturdido, alzó los ojos hacia la mancha verde.
- ¿Reserva? - dijo débilmente.
- Sí, señor - dijo la mancha verde.
- ¿Es que se necesita reserva para después de la muerte?
La mancha verde enarcó las cejas con aire desdeñoso, en la medida en que eso es posible para una mancha verde.
- ¿Después de la muerte, señor? - dijo.
Arthur Dent luchaba cuerpo a cuerpo con su conciencia de la misma forma en que uno batalla en el baño con una pastilla de jabón perdida.
- ¿Es ésta la vida futura? - tartamudeó.
- Pues me parece que sí - dijo Ford Prefect, tratando de averiguar por dónde estaba la vertical. Probó la teoría de que debía estar en dirección opuesta a la playa fría y dura en que se hallaba tendido, y se tambaleó por donde esperaba encontrar los pies.
- Quiero decir - dijo, balanceándose suavemente -, que de ninguna manera pudimos escapar a aquella explosión, ¿no es cierto?
- No - murmuró Arthur. Se había incorporado sobre los codos, pero aquello no pareció mejorar las cosas. Volvió a derrumbarse.
- No - dijo Trillian, poniéndose en pie -. De ninguna manera, en absoluto.
Del suelo se elevó un sonido gutural, ronco y débil. Era Zaphod Beeblebrox, que intentaba decir algo.
- Desde luego, yo no he sobrevivido - gorgoteó -. Me esfumé completamente. ¡Pum, zas!, y eso fue todo.
- Sí - dijo Ford -. Gracias a ti, no tuvimos ninguna oportunidad. Debemos haber saltado en pedazos. Brazos y piernas por todas partes.
- Sí - convino Zaphod, tratando ruidosamente de ponerse en pie.
- Si la señora y los caballeros gustan de pedir algo de beber... - dijo la mancha verde, revoloteando impaciente por delante de ellos.
- La mancha - prosiguió Zaphod -, se ajumó al instante con nuestros componentes moleculares. Oye, Ford - añadió al identificar una de las manchas que poco a poco iban solidificándose frente a él -, ¿tienes esa cosa de toda tu vida destellando delante de ti?
- ¿También lo tienes tú? - dijo Ford -. ¿Toda tu vida?
- Sí - dijo Zaphod -, al menos me pareció que era la mía. Ya sabes que me paso mucho tiempo fuera de mis cráneos.
Desvió la vista y miró a las diversas formas que por fin se convertían en formas verdaderas en lugar de ser formas informes, vagas y fluctuantes.
- De manera que... - dijo.
- ¿Qué? - dijo Ford.
- Que aquí estamos - dijo Zaphod, vacilante -, cadáveres yacientes...
- Erguidos - le corrigió Trillian.
- Pues cadáveres erguidos - prosiguió Zaphod - en este desolado...
- Restaurante - terció Arthur Dent, que se había puesto de pie y, para su sorpresa, veía con claridad. Es decir, lo que le sorprendió